miércoles, 20 de junio de 2007

CAPÍTULO 2: MATERIA PRIMA PARA LA UNIDAD


¿Qué es la Iglesia?

Para responder a esta pregunta se han dado varias respuestas. Se ha dicho que la Iglesia está compuesta por todos los que han creído en Jesús como su salvador personal y han sido lavados en su sangre. Otros la describen como el conjunto de creyentes en Cristo Jesús que han sido regenerados por el Espíritu Santo. Estas y otras definiciones son correctas, pero contienen solo parte de la verdad. Ellas solo describen la obra del Espíritu Santo en el creyente, pero no describen qué es el creyente dentro de la Iglesia, pasando, así, por alto algo tan vital como las relaciones de éste con Cristo, la Cabeza y las relaciones con los otros miembros del Cuerpo. Son definiciones correctas, pero no completas, ni en su aspecto formal ni en sus repercusiones prácticas, porque con este sentido solamente tienden a producir creyentes pasivos y sin proyección de crecimiento.

Si analizamos la enseñanza bíblica, podemos definir la Iglesia de la siguiente forma:

Es un organismo visible, redimido por Cristo, regenerado por el Espíritu Santo, dentro del cual cada miembro guarda una relación íntima y vital con Cristo, Su Cabeza, y un vínculo estrecho de amor y colaboración con los demás miembros.
La palabra Iglesia, designa una colectividad de individuos llamados del mundo, en la cual todos conviven, se relacionan, se desarrollan, trabajan con un propósito bien definido, un objetivo bien marcado. Este propósito o fin es común a todos sus miembros, de tal forma que todo el esfuerzo empleado va encaminado a lograrlo. En esta empresa, todos y cada uno somos responsables. No podemos evadirnos. No podemos vivir dentro indiferentes, porque esta actitud nos convertiría en agentes extraños, en piedras de tropiezo, en estorbos, en barreras obstaculizadoras, en ramas infructuosas destinas a la poda y al fuego. Nuestra mente, nuestro corazón, nuestra voluntad deben estar embargadas por la conciencia del carácter divino y glorioso de que está revestida esta institución, del carácter divino de su vocación y del destino eterno al cual está llamada.

A Dios le ha placido hacer parte de Su Iglesia con todas sus características sublimes, a hombres sujetos, todavía, a debilidades para colocarlos en una posición honrosa y emplearlos en una empresa dignísima de la cual son inmerecedores. Esto implica la vigilancia constante de nuestras actitudes, sentimientos y aún pensamientos.. Un pensamiento obstinado, un sentimiento orgulloso, una actitud incoherente una acción carnal pueden ser causa de incisiones dentro del Cuerpo motivando con ello resentimientos amarguras y divisiones.

Hemos alcanzado, hemos hecho muchas cosas, hemos edificado tanto en el orden material como espiritual. Pero cuando hagamos una evaluación de lo que hemos hecho debemos preguntarnos: ¿a quién se lo debemos?. Quizás, de una forma muy sutil oigas una voz interior que te dice: ¿no es esta la gran iglesia que he levantado y el gran templo que yo edifiqué con la fuerza de mi poder y para la gloria de mi nombre?. Pablo responde: ¿Porque, quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido. Y si lo recibisteis, por qué te glorias como si no lo hubieras recibido? Ya estáis saciados, ya estáis ricos, sin nosotros reináis...” (1Cor. 4:7-8)

Sin embargo, ¿A qué viene nuestro orgullo? Lo que somos lo debemos a Él, SOLO A ÉL. Esto es para que no pensemos en nosotros y solo en nosotros. ¿Es que acaso podemos vivir dentro de esta colectividad indiferentes, independientes, altivos, vanagloriosos, creyendo que somos únicos?; ¿es que todavía creemos que lo que hacemos, sea bueno o malo, no va a repercutir ya positiva o negativamente dentro del Cuerpo?. Es imposible mantener una actitud de “único” y de “señor” dentro de la Iglesia porque para ella solo se ha levantado un Señor único , y ese es Jesucristo el hijo de Dios. Esta posición no la logró mediante una actitud altanera, sino mediante una actitud de humildad a la que se nos manda a imitar. Confrontémonos, pues, con la Palabra, evaluemos nuestra actitud y busquemos nuestra posición: “Haya, pues, en vosotros este mismo sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres, y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Filp. 2:1-89). Otra actitud que no se ésta, implica una actitud vanagloriosa y contenciosa (Fil. 3:3), que golpeando indiscriminadamente contra la unidad del Cuerpo afectará, socavará, seccionará y matará a los miembros más débiles.

Solos no constituimos la Iglesia y mucho menos nos hace dueños de ella. El consejo sano es que busquemos nuestra posición dentro de la misma, que descubramos nuestra vocación personal y que actuemos consideradamente y consecuentemente; en esta forma nos constituiremos en instrumentos gloriosos en Sus manos. Evidentemente, esta posición, en un espíritu de amor y humildad, contribuirá a la cohesión, estabilidad y victoria.

La Iglesia es, pues, el medio en el cual nacemos, en el cual nos desarrollamos y crecemos, desde el punto de vista espiritual. Es el lugar provisto por Dios para dar y recibir; edificar y ser edificados, ser útiles a Dios y a nuestros hermanos: Es la Iglesia el lugar donde se consuman todas las ansias y anhelos sublimes de todo hijo de Dios. Con este sentimiento lograremos el mantenimiento de la unidad.
La iglesia como un organismo.
¿Qué es un organismo? Es el conjunto de elementos: miembros, órganos, tejidos, células que tienen vida y actividad propia. Todos ellos dependientes uno de los otros para su subsistencia y cuya vida depende de un elemento vital que lo satura todo. Un órgano solo, un miembro solo no compone un organismo. Cualquiera de ellos, separados del conjunto muere. Para ilustrar esta verdad Dios tomó como ejemplo el cuerpo humano. En el Cuerpo, cada órgano, cada miembro ejerce su propia actividad en pro y beneficio de todo el cuerpo. Esta actividad, y su dirección depende de un elemento vital: Cristo.

La Iglesia, en sus funciones como organismo vivo, incluye a cada uno de sus componentes con su actividad propia, pero en una relación dependiente y recíproca con los demás miembros. Cada miembro, separados del resto, muere irremisiblemente, porque cada uno contribuye al crecimiento del otro mediante sus propias actividades y cada uno recibe su crecimiento de acuerdo a la actividad y edificación que recibe el otro miembro. (Efesios 4:16)

Por otra parte, un miembro separado del Cuerpo muere, porque Cristo, del cual procede la vida, manifiesta esa vida a través del cuerpo. Él dijo: “Separados de mi nada podréis hacer”. Jesús toma como contexto para sus palabras otro organismo vivo: la vid y los pámpanos. Nadie puede tener contacto con Cristo si no está adherido a la vid. Vid y pámpanos, como cuerpo y cabeza representan la Iglesia, por lo cual nadie puede tener contacto y relaciones con Cristo fuera de la Iglesia. Nadie puede pretender tener relaciones con Cristo sin ser parte de la Iglesia. Ningún miembro puede ejercer sus capacidades sino dentro del cuerpo, porque es dentro del cuerpo donde cada miembro tiene una razón de ser. Extirpe un brazo o una pierna y déjelos que traten de vivir solos: mueren. Lo mismo pasa con nosotros fuera de la Iglesia: morimos.

Aquí podemos señalar la diferencia entre “seccionar” un miembro y “dividir el Cuerpo”. Cualquiera puede producir una segregación del cuerpo, pero esto no constituye la división del Cuerpo. Hay muchos líderes segregados, hay “Iglesias” seccionadas. Pero desde ese momento dejaron de ser Iglesia, porque cortaron sus relaciones con el Cuerpo. Ellos no están divididos: están seccionados y destinados a muerte, porque el Cuerpo no puede dividirse. Pablo pregunta a los corintios en su actitud diversionista: ¿Acaso está dividido Cristo?. El Cuerpo no se divide porque tiene vida propia: Cristo es su vida.

Ellos podrán mantener el nombre de Iglesia, pero no lo son; ellos tendrán grandes templos, pero no son Iglesia; ellos tendrán apariencia de “que viven, pero están muertos”; podrán llamarse a sí mismos cristianos, pero Cristo no está en ellos. Fuera del Cuerpo no fluye la vida de Cristo, por eso él dijo: “Sin mí nada podréis hacer”. El cuerpo humano puede vivir con los dos brazos y las dos manos seccionadas y sigue siendo cuerpo, sigue estando unido. Pero esos miembros seccionados, en cambio, dejan de ser parte del cuerpo, porque se han separado del mismo, y mueren, porque no tienen vida propia, porque su vida depende de su relación con el cuerpo. De la misma manera ocurre a nivel espiritual, con respecto a la Iglesia. A pesar de los miembros seccionados, ella sigue siendo Cuerpo, ella en sí misma sigue estando unida, ella sigue con vida, porque la vida de Cristo fluye a través de ella. Lo contrario ocurre con los miembros seccionados. Este tipo de unidad no contradice la diversidad, la variedad, porque la unidad no depende de las formas externas, sino de la naturaleza interna del organismo.

En el griego se utiliza una palabra significativa para designar la acción de dividir. Es el verbo choridzo que significa partir, dividir, hender, romper, separar, desgarrar; y en voz pasiva, henderse, separarse, dividirse. (1) De esta palabra griega se deriva el vocablo español usado para designar a ese tipo de embutidos llamados “chorizos” que en ocasiones ha deleitado nuestro paladar. Una de sus características es la división de la tripa embutida para producir el producto.

Ese es el término que Pablo utiliza 1 Cor. 1:10-13 para referirse a la situación de la Iglesia de los corintios, cuando les dice: “¿Acaso Cristo está dividido?”. Dentro de la misma Iglesia local habían surgido varios grupos que habían hecho de cuatro líderes sus respectivos dirigentes. Aún a los que se decían ser de Cristo, les inspiraba un espíritu sectario y divisionista. Pablo ataca esta postura apelando al hecho de que Cristo es UNO. Él no está ni puede dividirse. Los que le profesan lealtad son “hechos un espíritu con Él” (1 Cor. 6:17) por lo cual tampoco es posible la división. Es imposible “ser un espíritu con Cristo” y estar separados uno de los otros, porque la unidad con Cristo produce unidad entre los miembros de la Iglesia. Nuestras diversas opiniones, nuestras diferencias de ideas, nuestros puntos de vista, nuestras interpretaciones, nuestras preferencias “liderísticas”, nuestros intereses personales no son aceptados por Pablo como excusas para seccionar el cuerpo, para tratar de romper el espíritu de unidad dentro del Cuerpo; pues toda esta postura es producto de una actitud y sentimientos inmaduros y carnales que nublan la visión de la unidad.

Otro vocablo griego es meridzo que significa: dividir, distribuir, repartir. JESUCRISTO emplea la misma palabra en la parábola de la Vid y los Pámpanos cuando dice: “Separados de mí nada podéis hacer”. Juan 15. Él establece definitivamente la imposibilidad de poder subsistir solos, por nuestra cuenta, aparte, ya que sus miembros no están capacitados para subsistir por cuenta propia. Vea que Jesús habla en plural; es el conjunto de creyentes (La Iglesia), - cada uno de ellos como partes integrales de la vid -, al que le es imposible vivir sin Cristo. Esta verdad se transfiere a cada rama en lo particular.

Las ramas fructíferas no son cortadas, sino limpiadas de todos los elementos que, aunque son partes de la rama por su naturaleza constitutiva, sin embargo nada producen e impiden la producción. A diferencia de éstas, las ramas infructuosas son “quitadas”, sacadas, apartadas, seccionadas del conjunto, porque antes de ser de bendición, roban la bendición y afectan las ramas fructíferas. En este acto de poda no se produce división, sino sección. Los que son seccionados mueren; los que son limpiados viven y llevan frutos. En ocasiones los seccionados se ufanan creyendo que todavía viven, pero su verdor se tonará gris y por fin terminarán en “la quema”; el colapso definitivo viene galopante y su hedor se desparramará por todos los lugares. Todo es cuestión de tiempo. (2)

El elemento que vitaliza y estimula a este organismo es el Espíritu Santo de Dios. Desde el mismo momento que una persona se convierte; es el Espíritu Santo el que lo pone en contacto con Cristo a través del Cuerpo (1 Cor. 12:13). Es el Espíritu Santo el que lo une al Cuerpo (12:20), es el Espíritu Santo el que los hace fructificar dentro del cuerpo (Gál. 5:22-25); es el Espíritu Santo el que dota de poder dentro del Cuerpo (Hech. 1:8), es el Espíritu Santo el que reparte de sus dones y ministerios dentro del Cuerpo (1Cor. 12; Rom. 12:5-8), es el Espíritu Santo en que los capacita para funcionar dentro del Cuerpo. Es el Espíritu Santo el que satura todo el Cuerpo produciendo su unidad y vinculando todos sus miembros en Cristo. Es el Espíritu Santo, “funcionando” como Espíritu de Cristo el que hace que Cristo viva su vida en este mundo a través de su cuerpo; se manifieste al mundo a través de su Cuerpo; poniendo en actividad toda la complejidad de este organismo llamado Iglesia, para que el mundo lo pueda identificar dentro de ella, lo pueda encontrar en ella y puedan encontrar en ella la fuente de gracia, amor y libertad.
La Iglesia como organización.
¿Qué es una organización? Organizar es poner en orden lo que está desordenado; colocando cada cosa en su lugar de tal forma que todo funcione armónicamente y cumpla su cometido lógico. Hay una relación estrecha entre “organismo” y “organización”, pero a la vez hay diferencias. Dijimos que en un organismo había vida, sin embargo en algo organizado no necesariamente tiene que haber vida. Usted entra en un cementerio y allí está todo bien organizado. Cada panteón o bóveda está colocada en secciones o áreas, aún tienen jardines que hermosean el lugar, sin embargo allí no hay vida humana. Usted entra en una casa y contempla la buena proporción de sus habitaciones, la buena ubicación de sus muebles, de tal forma que, usted puede apreciar el orden perfecto, pero en eso no hay vida. Sin embargo en un organismo vivo sí hay organización, porque la organización es inherente al organismo. Todo organismo tiene cierto grado de organización. La Iglesia, como organismo es también una organización. En la organización de la Iglesia actúa el Espíritu Santo ordenándolo todo, armonizándolo todo. Donde está actuando el Espíritu Santo tiene necesariamente que haber orden y organización. Dios es un Dios organizado. Este es un principio celestial.

La visiones de Isaías 6 y Ezequiel 1 y 2 nos revelan el alto grado de organización dentro del mundo espiritual. Los diferentes rangos dentro de las huestes angelicales nos hablan de orden. La Biblia nos habla de ángeles, arcángeles, serafines, querubines y otros seres no bien definidos. Todas estas criaturas celestiales están sujetas a Dios en plena sumisión y obediencia, contribuyendo al orden y la armonía. La obediencia y la sujeción son factores inherentes a la organización racional. Las criaturas racionales tienen la capacidad óptima para entender este principio que rige dentro de la organización y son los que están en capacidad óptima y especial para mantenerla por medio de la sujeción a ella. Por eso, los ángeles, como criaturas racionales, obedecen a “la voz de Su precepto”.

Pero aún dentro de los espíritus malos podemos observar todavía los rasgos de esa organización que tuvieron cuando estaban en el cielo adorando a Dios. La Biblia nos revela principados, potestades, gobernadores de las tinieblas, huestes espirituales de maldad en los aires. Ellos conservan su organización por medio de la obediencia incondicional a su dios, Satanás, para oponerse a la organización de Dios aquí en la tierra: La Iglesia.

Una mirada al Universo que nos rodea, nos revela que uno de los principios divinos es el orden y la organización. La Biblia nos revela leyes que rigen esa organización y establecen el orden que regula toda la creación. (Jer. 31:35-36; Sal. 19:1-6; Isa. 40:12-14; Isa. 48:13). Este mundo del cual somos partes da evidencias de organización. Hay una diferencia bien marcada entre los tres grandes reinos: el animal, el mineral, y el vegetal. A cada uno les rige leyes inherentes dadas por Dios para su desarrollo armónico. En el mundo en que vivimos, las naciones tienen que mantener, necesariamente, un alto grado de organización internas y establecer leyes que ayudan para que las gentes vivan seguras y en paz.

Echamos una mirada al A. T. y vemos aplicado este principio organizativo entre el pueblo y Dios. La acción de Dios en el proceso de formación de una nación escogida para dar a conocer su nombre y su voluntad al mundo implicó la necesidad del factor organización. Es de notar que todo este principio organizativo interno, con leyes reguladoras contribuía a la efectiva cohesión del pueblo. Leyes morales, civiles, y religiosas unificaban la vida nacional haciendo que cada israelita se sintiera parte del pueblo, se sintiera responsable ante ese pueblo, comprometido hacia ese pueblo del cual era parte integrante. Esta organización y unidad dependían, en efecto, de sus relaciones con Dios. Cuando esas relaciones se opacaban por la desobediencia, su unidad política y religiosa eran afectadas; cuando volvían en paz con Dios, experimentaban nuevamente la unidad y la estabilidad.

Teniendo en cuenta estas realidades cabe la pregunta: ¿Pasaría, Dios, por alto ese principio vital dentro de su Iglesia?. Hay quienes se aferran a no querer reconocer el factor organizativo dentro de la Iglesia. Repelen todo lo que huela a organización. El pensar en estar sujeto a autoridades superiores a ellos les es una blasfemia. Desdeñan el orden, son incapaces de sujetarse al gobierno de la Iglesia; les inspira un espíritu de anarquía que atenta, muy especialmente contra ellos mismos. Se autotitulan ellos mismos de “libres”.

Sin embargo, podemos preguntarles, ¿libres de qué o de quién?. Yo los ayudaría a responder: libres de obedecer; libres para hacer lo que quieren y como quieren; libres para, desde afuera y con un espíritu profundamente sectario, tener la libertad de criticar, murmurar, y afectar la Iglesia, al influir en aquellos con los cuales ellos se relacionan, prejuiciándolos contra la verdadera obra que Dios está llevando a cabo dentro de Su pueblo. Libres para presentarle un frente de combate a la obra de Dios; libres para sentirse orgullosos de no pertenecer a nada ni a nadie; libres de responsabilidades. Sin embargo, mientras que en ellos no hay una disposición de sujetarse, buscan adeptos, seguidores para que se sometan incondicionalmente a ellos y ,a la postre, se convierten ellos mismos en líderes de una “organización libre”.

Tal parece que el mismo espíritu anárquico que inspiró antes a Luzbel, el mismo espíritu anárquico que inspiró a nuestros primeros padres, el mismo espíritu que los guió a rebelarse contra Dios y que ha venido rigiendo los destino del este mundo, también halla lugar en el corazón de algunos produciendo, como siempre, confusión, caos, afectación y espíritu divisorio.

El no querer reconocer la necesidad del factor organizativo dentro de la Iglesia, es faltarle el respeto a la dignidad de Dios y tratar de hacerlo cómplice de todos los estragos que causa esa actitud orgullosa y carnal. Dios ha creado a la Iglesia para que ella sea el instrumento de vindicación de todas las buenas cosas que el hombre perdió al principio. Es dentro de la Iglesia donde Dios comienza a restaurar el orden en el Universo por medio de la obediencia y sumisión a su santa y divina voluntad. Es dentro de la Iglesia donde la oración de Jesús comienza a ser una realidad progresiva, histórica y trascendente: “Sea hecha tu voluntad, como en el cielo también en la tierra”. Es dentro de la Iglesia donde el hombre aprende a ser humilde por medio de la obediencia. Es dentro de la Iglesia donde el hombre obtiene un sentido real de la sujeción. Es dentro de la Iglesia donde el hombre aprende a organizar su vida, aprende a convivir con el resto de sus hermanos. Es dentro de la Iglesia donde Dios nos enseña la obediencia por medio de la obediencia a los demás; la sujeción por medio a la sujeción a los demás; el reconocimiento a Su autoridad por medio del reconocimiento a la autoridad delegada y establecida dentro de ella representada por medio de humanos; es dentro de la iglesia donde el hombre se da cuenta que se mueve en un medio organizado donde una actitud que viole estos principios altera el orden y produce caos. Es dentro de la Iglesia donde el hombre aprende a asumir una actitud responsable contribuyendo, con su esfuerzo y espíritu de colaboración, a que la Iglesia sea lo que Dios quiere que sea: una unidad indisoluble.

Sin embargo, todo lo anterior hace que adoptemos una actitud recta sin ir a extremismos que hagan nulos los beneficios de organización. Un verdadero enfoque es este factor, contribuirá al buen funcionamiento de la obra de Dios. Debemos evitar, pues, dos extremos: 1ro. Querer ignorar todo tipo de organización visible dentro de la Iglesia pasando por alto los principios de autoridad y sujeción dentro de sus miembros y 2do. Poner todo énfasis en la organización pasando por alto la dependencia que cada miembro tiene del Espíritu Santo. El primero da por resultado libertinaje sin control divino y el 2do. control humano sin libertad espiritual.
CONCLUÍMOS, PUÉS, QUE LA IGLSIA ES UN ORGANISMO ORGANIZADO, EL ORGANISMO IMPLICA VIDA, LO ORGANIZADO IMPLICA ORDEN. ESTOS FACTORES SIN INSEPARABLES Y ES UN PRINCIPIO QUE RIGE, TANTO EN EL ÁMBITO CELESTIAL COMO EN EL ÁMBITO TERRENAL. LO DEMÁS ES REBELDÍA SIFRAZADA DE CELO.
Elementos que estructuran la unidad de la Iglesia: Efesios 4:1-6.
Cuando la Biblia nos habla de unidad espiritual nos habla también de una estructura espiritual a través de la cual el Espíritu actúa y la mantiene. Efesios 4:1-6 es la clave para este aspecto. Analicemos su naturaleza:

a) Un Cuerpo.- En esta palabra está implícita la cohesión sustancial de la Iglesia. No son dos cuerpos por lo tanto no son dos Iglesias: es una Iglesia, la de Jesucristo. Nos habla del la unidad mística del Cuerpo. No habla del nombre de una denominación terrenal, del nombre de una parte de su cuerpo, de un grupo localizado en el globo terráqueo, o de una facción superespiritualista. La Iglesia es una y ella trasciende a todas las barreras con que los hombres han querido cercarla a su discreción y para sus intereses sectarios.

b) Un Espíritu.- Nos habla de la fuente generadora y única de la unidad. La Iglesia es un Cuerpo, porque hay un Espíritu. Este actúa como Espíritu de gracia, de santidad, de libertad, de poder: como Espíritu de Cristo. Espíritu que rige y dirige a cada miembro a un objetivo común: su unidad.

c) Llamados a una misma esperanza.- Nos enseña que a Su Iglesia le caracteriza una vocación celestial y su destino es el Cielo. Es el Cielo la meta hacia la cual se proyecta una Iglesia en unidad y donde nuestra unión será no solo perfecta, sino eterna. Esto se debe a que Dios “se había propuesto en sí mismo reunir todas las cosas, en la dispensación del cumplimieto de los tiempos, así las que están en el cielo, como las que están en la tierra. En Él tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo”. (Efesios 1:9-12, véase también vs. 13-14.

d) Un Señor.- Ese es Cristo Jesús. Él ejerce su soberanía y señorío dentro de la Iglesia porque es Dueño de ella. Él se mueve dentro de ella. No está ajeno a toda su actividad porque es él quien la produce, dirige y la guía haciendo real Su presencia por medio del Espíritu Santo de Dios. “...y en medio de los siete candeleros (vi) a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies y ceñido por el pecho con un cinto de oro...Tenía en su diestra siete estrellas...El misterio de las siete estrellas que has visto, y de los siete candeleros de oro: las estrellas que has visto son los ángeles de las siete Iglesias, y los siete candeleros que has visto, son las siete Iglesias...” (Apoc. 1:13, 16 y 20). Jesucristo está y se mueve entre su Iglesia. En “sus manos” está el destino de ella y el destino de ella es el Cielo. La Iglesia tiene un solo Señor: Jesús.

e) Una fe.- Esto implica su uniformidad doctrinal sobre las verdades fundamentales ultranecesarias para concretarse los propósitos eternos de Dios: 1°. La Biblia (Antiguo y Nuevo Testamento) como única revelación de la voluntad del Verdadero Dios al hombre. 2°. La realidad del mal llamado pecado, causa única que ha producido la caída del hombre y su separación de Dios. 3°. El sacrificio redentor y expiatorio de Jesucristo sobre la cruz y a favor del hombre, como única provisión de salvación eterna para el pecador y forma exclusiva de restaurarle al hombre su comunión con Dios. 4°. La fe y el arrepentimiento como únicos elementos (por parte del hombre)capaces de hacer real la gracia salvadora de Dios en el hombre “muerto en delitos y pecados”. 5°. Futuro regreso de Jesucristo a la tierra, implicando la resurrección de los justos, el juicio de los impíos, la derrota definitiva de Satanás y el establecimiento definitivo del Reino de Dios sobre la Tierra. Esta declaración de fe está implícita en la creencia de la Iglesia de Jesucristo y sostenida y mantenida a través de la historia. Por esa fe muchos dieron sus vidas y por esa fe muchos están dado sus vidas. Hay una sola fe y ella se deriva de su fuente “Jesucristo (Palabra encarnada) el autor y consumador de la fe” y la Biblia (Palabra escrita) pues “la fe viene por el oír la Palabra de Dios”.

f) Un bautismo.- Único símbolo externo que significa, primero, nuestra total identificación espiritual con Jesucristo a través de Su Cuerpo y, segundo, como un acto objetivo para representar una realidad interna y subjetiva: la Obra regeneradora del Espíritu Santo dando como resultado nuevo nacimiento. (Rom. 6)
g) Un Dios y Padre de todos.- Implica el reconocimiento de la soberanía absoluta de Dios en toda la plenitud de su unidad sustancial y revelado en la persona del Hijo y la persona del Espíritu Santo constituyéndose como Padre de una familia espiritual llamada la Iglesia.



Notas:
(1) Otros vocablos griegos relacionados: xoris - adv. separadamente, por separado, en particular,, por su cuenta, aparte. // Prep. de genitivo: separadamente de, de modo diferente que.
xorizo - separar, dividir, apartar, distinguir // V. Pas. estar separado o dividido; alejarse, separarse; ser diferente, diferenciarse, distinguirse.
xorismo. V- separación.)

(2) Juan 15: 2.- “Lo quitará”. airei - airos - (entre otros significados) - sacar, apartar, quitar; quitar de en medio, matar. “Lo limpiará”. kaqairei - kaqairo - limpiar, lavar; podar. Hay dos acciones que hace el podador: Limpiar y cortar.

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Luz y Verdad es un ministerio transdenominacional de enseñanza bíblica y teológica, dirigido particularmente a las iglesias locales, con el objetivo de edificar a sus miembros y preparar a sus líderes.

El ministerio fue fundado a fines de la década del 90, por el pastor y misionero cubano Luis Enrique Llanes Serantes, su actual director. A lo largo de todos estos años, el pastor Llanes ha llevado las conferencias y seminarios Luz y Verdad a decenas de iglesias, en Argentina, particularmente en la región patagónica.

Además de las conferencias, talleres y seminarios, el ministerio cuenta con un sistema de estudios bíblicos, teológicos y ministeriales, en tres niveles, y el curso Alfa para nuevos convertidos. Los materiales de estudio usados en ellos, han sido escritos por el propio pastor Llanes, y son de distribución gratuita.

Luz y Verdad cuenta con presencia en Internet, a través de una red de blogs, en los que aparecen escritos y recursos de edificación para los creyentes en general, y los líderes cristianos en particular.

El trabajo de edición corre a cargo de la hermana Alba Llanes, hija del pastor Llanes, la cual está radicada en California, Estados Unidos, y ha llevado hasta allí el ministerio Luz y Verdad.

La hermana Alba también aporta al ministerio, con sus escritos, sus conferencias, talleres y seminarios, así como con sus publicaciones personales por Internet.

Además de que el pastor Llanes es ministro ordenado de la Unión de las Asambleas de Dios, de Argentina, el Ministerio Internacional Luz y Verdad está avalado por COPLEM, el Consejo Pastoral de la ciudad de Puerto Madryn, provincia del Chubut, lugar donde tiene su sede actual.

Luz y Verdad mantiene la postura doctrinal propia de las Asambleas de Dios, en lo que atañe a los conceptos doctrinales fundamentales.

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