miércoles, 20 de junio de 2007

CAPÍTULO 5: CAUSAS Y CONSECUENCIAS DE LAS DIVISIONES EN LA IGLESIA


Hemos llegado a la consideración de un aspecto muy importante en este estudio: ¿Cuáles son las causas más importantes del espíritu divisionista dentro de la Iglesia? Se pudiera hacer un listado de posibles causas, pero yo detecto seis que considero importante resaltar: 1°. Falso concepto del liderazgo. (1 Cor. 1:10-13). 2°. Intereses personalistas. (3ra. Juan 9-10). 3°. Interpretaciones de carácter doctrinal, (1 Cor. 15: 1 Tes. 4:13-17; 4°. Celo carnal o falso celo. (Santiago 3:13-16: Col. 4:17; 1 Cor. 3:3; 5°. Aspiraciones de liderazgo insatisfechos. 6°. Permisión impune de pecados dentro de la Iglesia.

1°. Falso concepto del liderazgo.


Un ejemplo típico de este espíritu divisionista es la Iglesia de los Corintios. Por las características de la misma podemos decir, sin temor a equivocarnos, que era una Iglesia inmadura, que se había quedado en pañales, y en un estado de subdesarrollo espiritual. ¿Cuáles eran las evidencias de su niñez?

En primer término podemos notar que, aunque con sus labios confesaban a Cristo, esta Iglesia tenía puesta su mirada en el hombre y no en Cristo. Aunque ellos tenían su pastor, sin embargo en una ocasión llegó de visita el gran evangelista llamado Apolo. La fama de este hombre de Dios era notoria por el tipo de ministerio público que desarrollaba. De ciudad en ciudad, de iglesia en iglesia, y con su elocuencia fluida y su verborrea desbordante dejó atónita a esa Iglesia local, de tal forma que pronto captó admiradores. Como nunca faltan líderes potenciales, hubo uno que, aprovechando la coyuntura de la expectación, se hizo líder de la facción de los admiradores de Apolo. Aunque este ya se había ido, y aunque estaba ignorante de lo que estaba sucediendo a sus espaldas, este grupo comenzó a tomar fuerza dentro de la pobre Iglesia Local de tal forma que pronto se dejó sentir el espíritu sectario y divisionista dentro de ella. ¿Cómo lo hacían? Quizás el pastor no era tan elocuente como Apolo. Aprovechando la diferencia marcada entre la elocuencia de Apolo y la falta de dicción de su Pastor, a cuantos hermanos se encontraban remarcaban esta diferencia entre el “ave de paso” y “el pastor del rebaño”. Llamaban la atención al carisma de Apolo, a la personalidad de Apolo, mientras que el pobre pastor contemplaba la situación, e impotente, doblaba sus rodillas y con lágrimas de sufrimiento en sus ojos pedía misericordia a Dios por la trama que veía entretejiéndose en su misma presencia.

Hubo una reacción en cadena. Una reacción no favorable, puesto que otro grupo y para contrarrestar la acción de los “apolistas”, se levantaban a favor de Pedro. Ellos alegaban que era el apóstol con más experiencia, que había caminado con Jesús, que era el principal líder entre ellos y que al fin y al cabo fue a él a quien el Señor le había entregado “la llave del reino”. El pastor observaba el desmembramiento de aquella congregación, que una vez hermosa y fuerte, ahora se le iba de entre las manos. Otro grupo, también numeroso decía: “Nosotros, ni de Apolo ni de Pedro, nosotros “nos adherimos al apóstol Pablo”. Por una parte los “apolistas”, por otra los “pedristas” y ahora aparecían los “pablistas”. “Pablo es el predicador a los gentiles, ha fundado muchas Iglesias, es un gran maestro y, al fin y al cabo, él fue el fundador de la obra en Corinto”. Otros más parcos en su forma de ver las cosas, los espiritualoides que subyacen también dentro de las Iglesias Locales, decían: “¡Nosotros no seguimos a hombres, si se ha formado esto dentro de la Iglesia, nosotros nos quedamos con Cristo y nos vamos de aquí”. Y junto con los otros formaron otro partido, el de los “cristinos”.

Ante estas circunstancias, el pobre pastor, consternado, humillado, menoscabado envió una carta a Pablo a través de la única familia que había quedado fiel a su lado, la familia de Cloé. Gracias a Dios por los Cloé que todavía existen dentro de la Iglesia; aquellos que sufren junto con su pastor, que comprenden el ministerio de su pastor, que oran por su pastor, que respaldan a su pastor, ¡Cuánta falta hace familias como las de Cloé dentro de la Iglesia, pero cuántas pocas hay!

Esta Iglesia tenía un falso concepto de los ministerios. No entendía la función de ellos. No entendía que los hombres no son más que instrumentos en las manos de Dios para ayudar a la edificación del Cuerpo de Cristo. Sus miembros estaban ciegos. Cuando Pablo se entera de todo este caos producido por la inmadurez y falta de conocimiento les hace ver su calidad de “menores de edad” y les escribe diciendo: “Yo, hermanos, no pude dirigirme a ustedes como espirituales sino como a inmaduros, apenas niños en Cristo. Les di leche porque no podían asimilar alimento sólido, ni pueden todavía, pues aún son inmaduros. Mientras haya entre ustedes celos y contiendas, ¿no serán inmaduros? ¿acaso no se están comportando según criterios meramente humanos? . Cuando uno afirma: “Yo sigo a Pablo” y otro “Yo sigo a Apolo, ¿no es porque estáis actuando con criterios humanos?. Después de todo ¿qué es Apolo? ¿y qué es Pablo?. Nada más que servidores por medio de los cuales ustedes llegaron a creer, según lo que el Señor le asignó a cada uno. Yo sembré, Apolo regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Así que no cuenta ni que siembra ni el que riega, sinio solo Dios quien es el que hace crecer” (1 Cor. 3:1-7)

Al contemplar los efectos desastrosos producidos por los grupos y facciones dentro de la Iglesia ¿qué es lo que debemos entender?, ¿qué lecciones debemos sacar? Es necesario que entendamos que Dios le ha dado a cada uno un ministerio que debe ejercer en tiempo, forma y lugar adecuados. Un evangelista puede ser muy elocuente, muy utilizado por Dios con señales y milagros, pero su capacidad como evangelista no lo consagra como pastor de una Iglesia.

Conocí personalmente a un evangelista poderosísimo muy utilizado por Dios que bajo su ministerio surgió una de las varias Iglesias en un país. Por varios años esta Iglesia fue pastoreada por un pastor que la hizo crecer y prosperar. Al quedar vacante, se hicieron elecciones y entre los candidatos estaba el evangelista que la había fundado. Al ver las posibilidades de ser elegido, pastores de experiencia le aconsejaron de que no cometiera el error de aspirar al pastorado. Trataron de hacerle entender que si se desubicaba de su ministerio iba a fracasar. Él no oyó. Fue elegido pastor de esa congregación. Los primeros seis meses todo parecía que andaba bien. Después de los seis meses comenzó a tener problemas de liderazgo; antes de los dos años tuvo que salir y mal salir. Se amargó por un tiempo, hasta que Dios le habló directamente y le dijo que Él no lo había llamado a pastorear: “Tú no eres pastor, tú eres evangelista y evangelista serás”. Fueron las palabras proféticas que le ayudaron a salir del hoyo.

El ministerio del evangelista es temporario en lo que se refiere a lugar; es el ministerio pastoral el que está en capacidad para guiar, apacentar, ayudar y formar la oveja para su crecimiento y madurez. Si el evangelista tratara de hacer este trabajo fracasaría, así como el pastor que sin tener un llamado tratara de ejercer un ministerio evangelístico neto. El Pastor no tiene que tener una elocuencia extremada pero sí debe tener un alma y corazón de pastor y un sentimiento paternal y la capacidad para enseñar. Esto lo tiene que entender la Iglesia Local para no dejarse arrastrar por falsas ilusiones, el engaño de la grandilocuencia, ni por los frutos temporarios de un ministerio de paso. Es el pastor, que con su ministerio estable y paciente, logra la estabilidad, crecimiento y desarrollo de la Iglesia. Es la Iglesia, a su vez, la que con una actitud madura debe cooperar con aquel ministerio que está allí en las altas y en las bajas, en las buenas y en las malas, en las victorias y en las derrotas aparentes; y de esta forma crece, se robustece hasta llegar a ser el instrumento que Dios quiere que sea en este mundo: LUZ Y SAL.

2°. Intereses personales. (3 Juan 5-10).
Otros de los grandes problemas que se presentan dentro de la Iglesia y que producen el caos, es la actitud de algunos líderes al asumir una postura absolutista y personalista. Cuando me refiero a postura personalista, aludo a que el líder centra exclusivamente en él todo el movimiento y actividad material y espiritual de la Iglesia, que busca una posición preponderantemente directiva, para un reconocimiento exclusivo y trata de supeditar, bajo su control y dominio, todos los intereses materiales y espirituales del grupo local. Por regla general, los sentimientos que impulsan a estas personas no son buenos. Los caracteriza un espíritu egoísta, y más que en siervos de Dios se convierten en “señores del rebaño”, que no necesitan ni aún un salario porque ven a la Iglesia como un negocio para explotar. Las características de estos falsos líderes se reflejan en la descripción que hace Juan en su tercera epístola: Primero: Les gusta tener el primer lugar en la Iglesia. Segundo: No reconocen a los demás líderes espirituales, “no los recibe”. Tercero: Se caracterizan por el parloteo, la difamación de aquellos que no los reconocen ni están de acuerdo con sus actitudes: “hablan palabras malignas contra ellos”. Cuarto: No solamente no reciben a los hermanos que quieren andar rectamente, sino que a aquellos que por desdicha todavía permanecen dentro de la congregación les prohíben la recepción de los que se le oponen e incluso son capaces de expulsar del seno de la Iglesia a aquellos que lo hacen. (3 Juan 5.

Esta actitud produce un cisma que va tomando cuerpo hasta que se lleva a cabo el resquebrajamiento total y la disolución de la Iglesia Local. Para asegurarse en el “trono” y lograr sus objetivos, estos líderes exclusivos toman ciertas medidas:

a) Aislamiento total de los demás líderes espirituales y por consiguiente aislamiento de sus congregaciones de la comunión de los demás grupos cristianos. Como no están seguros de ellos mismos, tienen temor de que su congregación abra sus ojos ante las realidades de la amplitud del Reino de Dios y no vean para darse cuenta del caos interno que tienen. Esta actitud es producida también por un falso celo o celo infundado. El aislamiento los sume en un estado de soledad, de indiferencia, y de orgullo personal que opaca su visión, por lo que se estrangulan a sí mismos y llevan a la Iglesia Local a la ruina total.

b) Aislamiento de aquellos que, dentro de la Iglesia, quieren ayudarlo. Esta especie de líder comienza a ver enemigos donde no los hay. Él mismo crea los enemigos y en una batalla campal arremete contra aquellos que de verdad quieren ayudarlo. Aprovecha de su posición y autoridad para hacer que estos hermanos tengan que separarse de dentro del seno de la Iglesia. Viéndolos afuera, prosigue una campaña difamatoria, haciéndoles creer a los otros que el que se fue es malo, que los que se van son malos y en esta forma reduce a sus opositores y, a la vez, los obliga a cambiar de Iglesia Local. c) Se empeña en una campaña de descrédito de los otros grupos cristianos y de sus pastores. En esta posición y para él, todas las demás Iglesias están en pecado. Él y su congregación son los únicos santos y salvos. Se convierten ellos mismos en depositarios exclusivos de la verdad. Van modelando una Iglesia tipo monstruo, porque la llegan a desfigurar tanto, que de Iglesia solo llegan a quedarse con el nombre, pero ante Dios y el mundo se convierten en un desarmadero y un predio de chatarra herrumbrosa.

Al verdadero siervo de Dios solo le mueve el interés marcado de ver las almas perdidas salvarse y el engrandecimiento de la obra de Dios. Al verdadero siervo de Dios le mueve un solo sentimiento: amor a Dios derramado en su corazón que lo lleva a darse por la Iglesia. El verdadero siervo de Dios ama a sus consiervos, reconoce la obra que ellos hacen, confraterniza con ellos, sabe oírlos y compartir con ellos con franqueza, honestidad y sinceridad. Al verdadero siervo de Dios lo caracteriza una actitud humilde de tal forma que sabe oír el consejo sabio y la ayuda que le ofrecen sus consiervos: hombres que al igual que él los mueve el amor de Dios y el engrandecimiento de Su obra. Al verdadero siervo de Dios le mueve un deseo y es de ser un ejemplo a imitar por otros y no se convierte en una piedra de tropiezo para otros. El verdadero siervo de Dios promueve dentro de la Iglesia toda actividad que conduzca a la cohesión, estabilidad y crecimiento de ella. El verdadero siervo de Dios es capaz de ver y reconocer las virtudes de los otros y recibir la corrección y orientación de los mas experimentados. Todo esto es enseñado por Jesucristo y sus apóstoles y cualquier sentimiento, actitud o acción que no se desarrolle dentro de este contexto no ha de producir los frutos y beneficios que Dios quiere dentro de la Iglesia: el mantenimiento de su UNIDAD.

Juan nos exhorta en su misma epístola: “Querido hermano, no imites lo malo sino lo bueno. El que hace lo bueno es de Dios; el que hace lo malo no ha visto a Dios” (3 Juan 11) En contraste con Diótrefes el “exclusivo” nos sigue diciendo; “”En cuanto a Demetrio, todos dan buen testimonio de él, incluso la verdad misma. También nosotros lo recomendamos, y bien saben que nuestro testimonio es verdadero”. Y yo te pregunto a ti, líder de la Iglesia, directivo de grupo, pastor: ¿Eres un Diótrefes o un Demetrio?

¿Qué testimonio puede dar La Verdad de ti?. Después de que te hayas contestado, por favor, no le eches la culpa a otros de todos los desastres producidos por ti mismo dentro de tu Iglesia. ¡Arrepiéntete, pues, rectifica tu camino, endereza lo torcido, pide perdón al que has ofendido y disponte a caminar con Dios y con la Iglesia!

3° Asuntos de doctrina (1 Cor. 15:12; 1 Tes. 4:13-17; Gál. 3:1).
Las falsas doctrinas han sido uno de los motivos por los que, a través de la historia, se ha puesto en peligro la unidad de la Iglesia de Jesucristo. Desde los tiempos primitivos los apóstoles previnieron a la Iglesia que dentro de la misma entrarían “lobos feroces que procurarían acabar con el rebaño. Aún dentro de ustedes mismos se levantarán algunos que enseñarán falsedades para arrastrar a los discípulos para que los sigan” (Hechos 20:29) También cuando vendría el tiempo cuando las gente “en que no van a tolerar la sana doctrina, sino que, llevados de sus propios deseos, se rodearán de maestros, que les digan las novelerías que quieren oír” (2 Tim. 4:4-5). Pedro, tomando como ejemplo la experiencia pasada del pueblo de Dios, nos dice que al igual que en el tiempo antiguo, “también entre ustedes habrá falsos maestros que encubiertamente introducirán herejías destructivas al extremo de negar al mismo Señor que los rescató”. (2 Ped. 2:1)

A través de la historia, la Iglesia ha venido enfrentándose con la actividad sistemática, persistente, nociva, y destructora de estos falsos maestros. Estas tres últimas décadas han sido prolíferas en el surgimiento de muchas sectas que unidas a las de antaño y con sus falsos enseñadores han tratado de socavar el fundamento doctrinal de la Iglesia presentando una imagen falsa de Jesucristo y su evangelio, arrastrando tras sí a muchos incautos que se han dejado seducir. La actividad sutil de estos falsos maestros, y su falsa piedad, han engañado a muchos dentro y fuera de la iglesia, que ignorando la verdad doctrinal revelada se han dejado “llevar de todo viento de enseñanza”, “han abandonado la fe para seguir inspiraciones engañosas y doctrinas diabólicas. Tales enseñanzas provienen de embusteros hipócritas, que tienen la conciencia encallecida” enseñando toda suerte de doctrinas de hombres y tradiciones humanas destruyendo la fe de muchas personas.

Si hacemos un análisis del trabajo hecho por el diablo a través del proceso histórico del establecimiento de la Iglesia en el mundo, nos damos cuenta que prácticamente el enemigo no ha variado mucho sus tácticas y en la actualidad. Él sigue fomentando este tipo de labor divisoria dentro del Cuerpo: unas veces resucitando y dando vigencia actual a las antiguas herejías; otras, creando doctrinas novedosas, pero igualmente heréticas. En ocasiones, algunas de sus enseñanzas parecen inocuas, inocentes, brillantes y por el énfasis tan marcado, remarcado y constante que se les da, por poseer portavoces que, en algunos casos lamentablemente, parecen ser grandes personalidades y representativos del evangelio, son introducidas, sembradas y cultivadas de tal forma que cual cizaña dentro del trigo, son difíciles de arrancar. Son difíciles de arrancar hasta el momento en que alguien con un poco de valor y convicción profética se levanta y desenmascara la mentira. Lamentablemente esto ha sucedido cuando pastores y congregaciones enteras han caído en la farsa y las consecuencias han sido cosechadas. Pero, en el momento del apogeo doctrinal de la falsa enseñanza, ¿quién le ponía el “cascabel al gato”?

Estas enseñanzas nocivas se pueden clasificar en tres: las de tipo doctrinal, las de tipo práctico y las de tipo moral.

Las de tipo doctrinal han sido encaminadas a menoscabar las siguientes enseñanzas básicas de la Biblia: el concepto trinitario de la Deidad, que incluye la deidad y la humanidad de Cristo, y la personalidad del Espíritu Santo; la doctrina de la salvación por fe en el sacrificio de Cristo; la doctrina del nacimiento virginal de Cristo; la doctrina de la segunda venida de Cristo de la resurrección de los muertos; la doctrina del destino del alma después de la muerte; la doctrina de la inspiración divina y de la inerrancia de la Biblia; la doctrina del carácter único de Jesucristo como mediador.

En relación con la doctrina de la Trinidad, el diablo se ha interesado en menoscabar y negar los dos aspectos básicos: la naturaleza real de Cristo y la personalidad del Espíritu Santo. Con respecto a la naturaleza real de Cristo, la historia de la Iglesia nos presenta: a) sectas y / o movimientos que niegan su naturaleza divina: ebionistas, gnósticos, arrianos, Testigos de Jehová, los liberales teológicos. b) Sectas que niegan su naturaleza humana: el docetismo, el monofisismo. c) Sectas que menoscaban su carácter divino, pero sin negarlo: los mormones. Algunas de estas sectas acusan al Cristianismo de ser triteísta. En relación con el Espíritu Santo, la mayoría de las sectas citadas anteriormente niegan su personalidad, remitiéndolo solamente a una fuerza emanada de la Deidad. Por otra parte, encontramos algunos grupos sectarios que sin negar la verdadera naturaleza de Cristo, se oponen a la doctrina de la Trinidad, por ejemplo: los Unitarios, donde resaltan los Sólo Jesús y los Ruselistas.

Otra doctrina que se ha tratado de negar o desfigurar es la de la salvación. En su interpretación más extrema, enseña la imposibilidad presente de ser salvos y la obtención futura de la salvación por medio de méritos humanos. Una de las formas de detectar una secta es haciéndole la pregunta siguiente: “¿Es usted salvo ya?” La respuesta inmediata es: “No, estoy tratando de ser salvo”, “la salvación es para el futuro”, “ahora es imposible saber si somos salvos”. A todos ellos les caracteriza la inseguridad de la salvación; y su sentir es real, puesto que nunca han tenido un experiencia real de salvación y no se ha producido en ellos el “nuevo nacimiento”. Sin embargo la Biblia nos enseña claramente que “hoy es el día de salvación”, que “el que cree en el Hijo tiene vida eterna”, “que el Espíritu de Dios nos da testimonio interno de que somos hijos de Dios” y todo producto de nuestra fe en el sacrificio de Jesús “porque por gracia sois salvos, por la fe...”. (V.R.V-60)

Desde los tiempos primitivos, se levantaron los judaizantes legalistas enseñando que para ser salvos había que guardar la ley de Moisés, asestando así un golpe directo contra la doctrina de la salvación por fe en el sacrificio redentor de Cristo. Esta posición legalista permeó y afectó tanto la Iglesia que dio como resultado el primer concilio eclesiástico en la ciudad de Jerusalén (Hechos 15) donde después de fuertes debates se llegó a la conclusión de que “el hombre es salvo por fe sin las obra de la ley”. Los legalistas actuales se pueden dividir en dos: los que siguen aferrados a la ley como medio aditivo para completar la salvación, y los que llamándose evangélicos añaden al evangelio “doctrinas de hombres”, listado de normas que a ellos se les ocurre y su evangelio se vuelve en “no hagas”, “no se puede”, “no se debe” , “no comas”, “no toques ni aún bebas”, no, no, no y no. Bien se les pudiera llamar el movimiento “noísta”. Al igual que los legalistas pasados, estos imponen sus propias leyes como elementos esenciales de la vida cristiana. Sin embargo ellos no las tocan ni con el dedo pequeño. A la doctrina, la adornan tanto de “madera, heno y hojarasca” que pierden “el oro y la plata” (la esencia del evangelio). “Mucha paja, poco grano.”

Ahora, en este punto es bueno aclarar que no es lo mismo puntos de vistas sobre la interpretación de algunos pasajes de la Biblia, y puntos de vista sobre formas y mecanismos que Dios utiliza para llevar a efecto sus planes y propósitos. La unidad de la Iglesia se establece por el respeto hacia aquél que difiere en opiniones de interpretaciones de menor grado y que no atentan de lleno contra la base doctrinal; que no atentan contra la vida de santidad del creyente y no atentan contra el Cuerpo de Cristo. Un ejemplo relevante de esto se manifiesta cuando, de una forma madura, sabemos analizar la posición calvinista y la posición arminiana. Si analizamos ambas posturas, nos damos cuenta de lo siguiente:

a. Las dos sostienen la seguridad de la salvación. Ambos se apoyan en la promesa salvadora que trae gracia a todos los hombres para salvación a todo aquél que cree, y la seguridad en la promesa de Jesús que dijo: “El que cree en mí tiene vida eterna”.

b. Las dos sostienen que la salvación se obtiene por la fe en el sacrificio de Cristo.

c. Las dos sostienen que la salvación se experimenta en el presente y se proyecta a la eternidad.

d. Los dos sostienen que la salvación es una iniciativa de Dios y un plan de Dios concebido antes de la fundación del mundo, pero manifestado en estos tiempos para salvación a todo aquél que cree.

e. Los dos sostienen que el sacrificio de Jesucristo es la fuente de la gracia, que tiene poder salvador, y que es la única fuente de salvación.

¿Cuál es la diferencia?

El calvinismo sostiene la predestinación y anticipada elección unilateral por parte de Dios de aquellos que van a salvarse, los cuales, por lo tanto, no pierden la salvación; el arminianismo, también sostiene la predestinación, pero según el preconocimiento de Dios que sabe de antemano quién va a ser salvo y quién no, y sobre esa base hace su predeterminación. En este modelo, no se viola el libre albedrío y se hace recaer sobre el hombre la responsabilidad de su salvación.

Ahora bien, ¿vale la pena discutir sobre este punto único de diferencia?, Ninguno de las dos posiciones atenta contra la esencia de la salvación, ni contra su fuente, porque son interpretaciones secundarias que apelan a la Palabra, la cual da margen y credibilidad a ambas. Son dos ideas conjugables y que se complementan una a la otra.

Me alegra saber que calvinistas y arminianos somos redimidos por la misma sangre, que ambos tenemos al mismo Señor, que tenemos la misma esperanza, y que los dos, (tenga quien tenga la razón), vamos a vivir juntos en la Gloria. Este punto no puede bajo ninguna circunstancia constituirse en óbice para nuestras relaciones y comunión. Es aquí donde se comprueba la madurez de la unidad. Quiero respetar la opinión del otro sin tener que renunciar a la mía. Esto es madurez en la unidad espiritual. ¿Podemos? Sí, podemos.

La segunda venida de Jesús es otra de las doctrinas que el diablo ha tratado de ridiculizar por medio de los falsos profetas que se han levantado a través de los tiempos. En la época de la Iglesia primitiva, algunos predicaron que Cristo ya había venido y, vinculado con esto, que ya la resurrección se había realizado. En el siglo XIX, se levantaron portavoces falsos quienes prometieron que la venida de Jesús se realizaría en 1844, otros 1914, y más reciente en 1975, defraudando, de esta forma la fe de tantas gentes que creyó en sus falsedades al ver cómo el mundo iba desenvolviéndose igual que siempre.

La Biblia nos muestra señales, no fechas. Cuando Él venga, será un acto tan evidente que nadie dudará de ello y los efectos van a ser espectaculares que afectará palpablemente al globo terráqueo. Mientras, se “nos manda a orar y velar porque el día del Señor sigue estando cerca” pero seguro. Podemos mencionar también en el otro extremo del espectro, doctrinas como el amilenialismo, que niega directamente la venida personal del Señor Jesús. Sin embargo el punto básico sobre el cual se apoya la salvación del alma es el mismo: fe en el sacrificio expiatorio de Jesús.

Otra de las doctrinas que el Diablo trató de desfigurar para producir división fue la doctrina de la resurrección. Algunos enseñaban que no había resurrección de muertos, que la resurrección era solo espiritual y se producía cuando uno se convertía al Señor. Pablo tuvo que salirle al paso, por los efectos nocivos que provocaba esta enseñanza. Pablo escribió a los corintios definiendo la doctrina de la resurrección del creyente sobre las bases y modelo de la resurrección corporal de Jesús (1 Cor. 15).

Esta doctrina ha sido torcida por los ruselistas, los cuales niegan la resurrección corporal de Jesús, doctrina que no es enseñada en la Biblia, sino que es una elaboración de Rusell, torciendo, retorciendo y mal aplicando algunos versículos bíblicos y de esta forma enseñando y engañando a muchos. La Biblia nos habla solo de dos resurrecciones: la de los justos y la de los injustos. La palabra “resucitar” se utiliza figuradamente para describir la naturaleza de un aspecto de la salvación cuando dice “Ya que han resucitado con Cristo, busquen las cosas e arriba...” (Col . 3:1) y objetivamente y por medio del bautismo para designar el cambio de vida cuando nos dice “Por tanto, mediante el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, así como Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una nueva vida nueva” (Rom. 6:4) Pero esto no tiene nada que ver con el acto de la resurrección futura y corporal que un día experimentaremos los que hemos creído en Jesucristo.

Toda religión falsa menoscaba, atenta, y reduce a la Biblia a un libro secundario, colocando sus libros y tradiciones a la par de inspiración o superior a la Biblia. Solo así tratan de buscar el grado de autoridad que necesitan para sus libros y presentarlos como Palabra de Dios. Dentro de estos están, los mormones, los Adventistas del Séptimo Día, los “Testigos de Jehová”, la Ciencia Cristiana los Jesús Solo y otros. Gentes que se han apartado de la verdad y desviado hacia el error. “Naufragaron en cuanto a la fe”. (V:R:V)

Por eso, cuando hablamos de unidad nos referimos a los elementos cuya naturaleza es la misma. Lo otro es materia muerta o neutra que jamás prenderá por mucho que se trate de injertar.

En relación al aspecto práctico de la doctrina, podemos declarar como el viejo axioma evangélico: “Uno actúa de acuerdo a lo que cree”. Las enseñanzas erradas conducen a prácticas erradas. En ejemplo digno de mencionar es la doctrina de la salvación por obras. Todas aquellas personas que fueron enseñadas bajo esta premisa se afanan y compiten entre sí por ver quien trabaja más para Dios, quien se sacrifica mas “para acumular puntos que le acrediten la entrada al reino de Dios”.

Ejemplo digno de mencionar son los Ruselistas o falsos Testigos de Jehová. A cada uno de ellos le llevan un récord de visitaciones, revistas vendidas, horas empleadas, que como puntos acumulativos les aseguran la posibilidad de entrar en el reino de Dios. Por entrar al reino, si tienen que dar su propia vida la dan, pero el fundamento es falso, ,la motivación es errada, la forma errada, el camino errado y jamás han de lograr lo que se proponen, porque al entrar por su propia puerta, obvian y desprecian La Puerta que lleva a la vida. Entre estos se añaden los mormones, los católicos romanos, y por lo regular todas las sectas seudocristianas.

Pero dentro del pueblo evangélico también hay ejemplos. El legalismo religioso, por ejemplo, enseña que para ser santos (y en casos extremos, implícitamente para ser salvos) hay que observar una serie de reglas establecidas por su organización para que rijan la vida de santidad de los creyentes. Por regla general esas estipulaciones son producto del capricho o concepto personal de alguien y, por otra, cuando apelan a la Palabra de Dios, mal interpretan y mal aplican los pasajes relativo a costumbres, formas e idiosincrasia de los tiempos bíblicos que no se ajuntan o no se aplican al tiempo en que vivimos. El asunto es que cada uno tiene su código y el que no se ajunte a ello es un pecador y está perdido.

Las sectas evangélicas caen en este extremo. Esto produce el aislamiento del resto para “no contaminarse”, imprimen un sentimiento de superioridad en sus feligreses, de orgullo por vestir como se visten, por arreglarse como se arreglan y toda su vida cristiana gira alrededor de elementos secundarios, triviales, insulsos y hasta ilógicos, perdiendo de vista lo más importante: el amor, la justicia, la piedad y la vida de servicio y la bendición de la comunión de los santos.

Estas actitudes producen división del cuerpo, ellos se seccionan y por regla general se disecan espiritualmente y por fin, como ha pasado con otros, quedan en el tiempo, y en la historia, como ejemplo negativo. El asunto es que, esta postura sustituye la obra del Espíritu por la obra del hombre; la palabra muerta de un código de leyes humanas, por la Palabra de Dios; los principios fundamentales por conceptos humanos y la vida del espíritu por una vida en la carne. (Galatos 3:1-5).

Y en relación al aspecto ético y moral, por ignorar la Biblia y establecer como fundamento “doctrinas de hombres” se produce todo un desequilibrio en la conducta que conduce a la falta d discernimiento para entender los límites entre lo bueno y lo malo, entre lo que debe ser y lo que no; estos son aquellos de los cuales la Biblia dice que son “niños” que “necesitan que alguien les “enseñe las verdades mas elementales de la Palabra de Dios”, “inexpertos en el mensaje de justicia” y cuyos sentidos no tienen “capacidad para distinguir entre lo bueno y lo malo” y no tienen “facultad de percepción espiritual” (Hebreos 5:11-14).

La exhortación es: “Por eso, dejando a un lado las enseñanzas elementales acerca de Cristo, avancemos hasta la madurez...” (6:1)


3°. Celo carnal (1 Cor. 3:1-3).
Desde los primeros tiempos la Iglesia se vio golpeada tremendamente por ese sentimiento, que si bien, cuando se manifiesta y aplica correctamente dentro de la obra de Dios puede ayudar a edificar, sin embargo, cuando nace del resentimiento carnal y el complejo de inferioridad, su manifestación puede acarrear grandes problemas dentro y fuera de la Iglesia Local.

Es bueno aclarar que el celo en sí mismo no es malo. Es un sentimiento bueno y necesario. El problema es cuando el celo se pervierte. Es aquí cuando los problemas comienzan. El celo, como el amor, son dos sentimientos que nacen en Dios. Si por una parte la Biblia nos enseña que Dios es un Dios de amor, también nos enseña que es un Dios Celoso. Si bien Dios derrama su amor en el corazón de sus hijos, también coloca un sentimiento de celo por su obra en cada uno de ellos.

El Diccionario Larousse define la palabra celo de la siguiente forma: “Cuidado y esmero que se pone en el cumplimiento del deber” , “Gran actividad inspirada por la fe religiosa o por el afecto a una persona”. Pero por otra parte dice que el celo es un sentimiento de “inquietud que teme que aquella persona a quien ama dé la preferencia a otra”. También se puede decir, que el celo, en su expresión mas baja, es una envidia carnal que mueve a una persona a manifestarse incómoda y disgustada cuando ve el progreso de otra persona o se le da la prioridad a otra persona en un trabajo o responsabilidad.

En estas descripciones de la palabra celo, podemos notar que el Diablo bien puede manipular ese sentimiento a su antojo, si como hijos y siervos de Dios no permitimos que su Espíritu domine y controle nuestras vidas espirituales. El apóstol Pablo pone de relieve que los problemas de división dentro de la Iglesia de los corintios se producían por un tipo de celo al cual él le llamaba “celo carnal” . Este tipo de celo producía contiendas y disensiones dentro de ellos. Santiago, exhortando a los cristianos en relación a los efectos desastrosos del celo carnal, nos escribe diciendo: “¿Quién es sabio y entendido entre ustedes? Que lo demuestre con su buena conducta mediante las obras hechas con la humildad que le da su sabiduría. Pero si ustedes tienen envidias amargas y rivalidades en su corazón, dejen de presumir y faltar a la verdad. Esa no es la sabiduría que desciende del cielo, sino que es terrenal, puramente humana y diabólica. Porque donde hay envidias y rivalidades, (“celos amargos” R.V.60) también hay confusión y toda clase de acciones malvadas” (3:1-2)

Hay otro tipo de celo mal encaminado al cual Pablo llama “celo sin ciencia”. Usa este término para aplicarlo a todo Israel que en su terquedad no quiere reconocer al Evangelio, y rechaza la verdad de Dios para aferrarse a las antiguas tradiciones. Él nos dice de la siguiente forma: “Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por los israelitas es que lleguen a ser salvos. Puedo declarar a favor de ellos que muestran celo por Dios, pero su celo no se basa en el conocimiento . No conociendo la justicia que proviene de Dios y procurando establecer la suya propia no se sometieron a la justicia de Dios”.(Rom. 10:1-3)

Este tipo de celo sin conocimiento ha sido uno de los factores que más problemas ha traído dentro de la Iglesia. El asunto no ha estado en el celo en sí mimo, sino en la forma poco sabia de dar manifestación constructiva de ese sentimiento. Este fenómeno se produce cuando el celo se transforma en un sentimiento que limita la actividad del Cuerpo, que impide el desarrollo espiritual de los creyentes, que limita las actividades espirituales de la Iglesia, y toda actividad y manifestación espiritual de ésta viene a ser controlada por una persona súper espiritual, súper perfecta, súper santa, que llega a creer que ella es la guardiana exclusiva y permanente de todo lo que se mueve dentro de la obra de Dios. Como resultado, la Iglesia cae en un estado de enquistamiento y estancamiento producto de una sobreprotección infundada por parte del líder. Éste pierde de vista los principios que rigen la actividad interna del Cuerpo; ignora que el Dueño, que es más celoso que él, sin embargo, ha sido capaz de tomarlo a él con todos sus defectos de y también lanzar a la Iglesia con todas sus falibilidades a la conquista del un mundo necesitado de Dios.

Ese Dios celoso de la santidad de la Iglesia confió la misión a hombres y mujeres (imperfectos, pero santos), para que se introdujeran dentro de “los lobos” sin que perdieran su calidad de “ovejas”; dentro del reino de las tinieblas, sin que se apagara su luz; dentro de un mundo pecador, sin contaminarse necesariamente con el pecado. Jesús delineó bien el campo de batalla y trabajo de la Iglesia: EL MUNDO. Jesús no oró diciendo: “Padre, sácalos del mundo para que no se contaminen”. Sino: “Padre, no te pido que los quites del mundo, sino que los guardes del mal”. “Guárdalos en tu nombre para que sean uno” (V.R.V. 60). Los discípulos de los primeros tiempos se lanzaron como ovejas para rescatar a los lobos, confiando tanto en el poder salvador del evangelio, como en Su poder preservador.

Ahora bien, el celo bien encaminado es de gran bendición y promueve la unidad y estabilidad de la Iglesia. Tanto el siervo de Dios, como los líderes deben ser cuidadosos de los bienes materiales y de la santidad de la Iglesia; celosos en el cumplimiento de su trabajo, de su misión, de su vocación. Cuando la Iglesia pierde el celo de Dios, pierde su visión por las almas perdidas, y se convierte en un ente introvertido, mirando solo hacia adentro y volviendo egoístas a sus miembros, “buscando cada uno sus propios intereses y no a lo de Cristo Jesús” (Fil. 2:21).

Este celo correcto es recomendado en la Biblia en las siguientes áreas:

(1) En la preocupación por la vida espiritual.- (Apoc. 3:19). Jesús le recrimina al “ángel de la Iglesia” de Laodicea el espíritu de indiferencia e indolencia en el que había caído y como consecuencia, toda la Iglesia. Esto había producido ceguera espiritual, o sea, incapacidad para entender su estado deplorable. En medio de su condición, Jesús le amonesta diciendo: “Se pues fervoroso y arrepiéntete” o “...sé pues celoso y arrepiéntete” (V.R.V. 60). El celo y fervor contribuiría a la preocupación por la vida espiritual evitando caídas similares futuras.

(2) En la preocupación por las buenas obras .- (Tito 2:14) Aquí Pablo vincula el celo en un aspecto doble. Primero, implicando la renunciación a la vida de pecado y obras malas (v. 12) y, segundo, en contraste lo vincula con una vida recta y “celoso de buenas obras”.

(3) En la preocupación por las necesidades de la obra.- (2 Cor. 9:2) Pablo reconoce la buena voluntad de los hermanos de Acaya, para ayudar financieramente a otros hermanos necesitados. Ese ánimo dispuesto, esa identificación con la necesidad de otros hermanos, esa colaboración voluntaria fue producto de su celo (espíritu de identificación por amor) de tal forma que esa acción sirvió de estímulo a muchos para que lo hicieran igual que ellos.

(4) Producto de la amonestación.- Pablo tuvo que amonestar duramente a los corintios. Eran una Iglesia conflictiva. Tenían problemas de desorden, organización, diversionismo, falta de cooperación, etc. Sin embargo hubo fruto: “solicitud, defensa, indignación, temor, ardiente afecto, CELO, vindicación”. (V.R.V 60)(2 Cor. 7:11).

(5) Producto del temor de perder el fruto del trabajo en la obra.- La iglesia de los corintios estaba siendo trabajada por falsos predicadores. “Otro Jesús”, “otro evangelio” era predicado, junto con una campaña de menoscabo y difamación contra el apóstol Pablo. Éste tiene que hablarles al corazón, les hace ver el peligro en que están, su temor de que fueran “extraviados de un sincero y puro compromiso con Cristo”. Esta preocupación, este temor de Pablo era producto del “celo de Dios” (2 Cor. 11:2-3). Un celo santo que cuidaba y velaba con amor la obra de Dios y el bienestar de los hermanos. El celo de Dios contribuye a la unidad; el celo carnal y sin ciencia, produce destrucción.

La amonestación de Dios es “SÉ PUES CELOSO...” Apoc. 3:19.

4°. Aspiraciones insatisfechas de liderazgo.
En el libro segundo de Samuel, desde los capítulos 15 al 18, se nos narra un acontecimiento que debe alertar a todo siervo de Dios y a todo creyente en general. Allí describe la sublevación de Ah salón, hijo de David, contra su padre con el propósito de obtener el trono. El deseo de liderar, podemos decir que es algo innato en algunas personas. Sin embargo, cuando estos deseos no están sujetos a la voluntad de Dios y enmarcados dentro de Sus planes pueden trae grandes problemas dentro de Su pueblo. De muy antiguo, en la eternidad, tenemos un ejemplo típico, del que quizás los demás sean un reflejo. En el capítulo 28 de Ezequiel se nos revela un acontecimiento trascendental: LA REBELIÓN DE LUCIFER. Dios lo había creado bello y perfecto, Dios lo había exaltado hasta lo sumo, pero un día, ese mismo Lucifer permitió que la envidia y el orgullo calaran en lo mas profundo de su ser y comenzó una labor de captación dentro de los ángeles con el propósito de usurparle el Trono a Dios. Esta actitud rebelde y perniciosa, producto de sus ansias de poder, iba acompañada, como siempre, de una labor de difamación y menoscabo a la autoridad, santidad y majestad de Dios. Quería un lugar que no le pertenecía. Un Lugar en el cual Dios no permitiría que él ni nadie ascendiera y como producto de su maldad, una tercera parte (según algunos) de los ángeles fueron arrastrados tras las falsas promesas y pretensiones. Si leem0os bien los capítulos 15 al 18 del segundo libro de Samuel nos daremos cuenta que este mismo espíritu luzbélico y bélico fue el que penetró en el corazón de Absalón. Si analizamos el proceso y las técnicas que este chico utilizó, nos daremos cuenta que fueron inspirados por el mismo espíritu de Luzbel con el propósito de dividir, destruir y dañar al pueblo.

Su padre David era rey legalmente constituido pero él ansiaba ser rey. Aunque Dios no lo había elegido para ser rey, sin embargo él se había auto elegido para serlo. Su aspiración máxima era el Trono. Como es natural, cuando el hombre no tiene el respaldo de Dios, para poder alcanzar sus metas, tiene que utilizar métodos carnales, humanos y fraudulentos, saturados de subterfugios y mañas para escalar a lugares y puestos que Dios nunca le dio. En este proceso para usurpar el Trono, nos revela la Palabra, que Absalón, en primer lugar, promovió una campaña sutil de menoscabo a la integridad y carácter de la Autoridad: el Rey su padre. En 15:2-4 nos dice: “Se levantaba temprano y se punía a la vera del camino, junto a loa entrada de la ciudad. Cuando pasaba alguien que iba a ver al rey para que le resolviera algún pleito , Absalón lo llamaba y le preguntaba de qué pueblo venía. Aquél le decía de qué tribu israelita era, y Absalón le aseguraba: “Tu demanda es muy justa, pero no habrá quien te escuche de parte del rey”. Enseguida añadía, tus palabras son buenas y justas; más no tienes quien te oiga de parte de rey. Enseguida añadía: “¡Ojalá me pusieran por juez en el país!. Todo el que tuviera un pleito o una demanda vendría a mi, y yo le haría justicia!” Además de esto si alguien se acercaba para inclinarse delante de él, Absalón le tendía los brazos, los abrazaba y los saludaba con un beso. Esto hacía Absalón con todos los Israelitas que iban a ver al rey para que le resolvieran algún asunto, y así fue ganándose el cariño del pueblo” Durante cuatro años (v. 7) estuvo haciendo esta labor solapada para ganarse, de una forma fraudulenta, al pueblo y que este lo reconociera como rey.

Cuando él pensó que las condiciones estaban dadas dio un segundo paso, comenzó una campaña abierta, y engañando a su padre, se trasladó a Hebrón, antigua capital de reino, y allí se proclamó rey pero Dios no estaba en el asunto. Esto trajo como consecuencia que un sector de la población fuera engañada. Él logró seccionar al pueblo, encontrando (como siempre pasa) personas que lo apoyaron en sus fines malvados. Aún algunos de los hombres más allegados a David, personas de experiencia, GENTES EN LAS CUALES DAVID HABÍA COLOCADO TODA SU CONFIANZA, en vez de convertirse en medio de la crisis en canales para traer bendición y edificación, para evitar el fracaso y la frustración, se convirtieron en los mayores alentadores de la rebelión y división. Pero como Dios no estaba en el asunto todo fue un fracaso. Dios los confundió, Absalón fue derrotado y sus aspiraciones de liderazgo fraudulento fueron frustradas. Pero el daño fue hecho.

¡Cuan diferente fue el ascenso de David al trono! En Primero de Samuel 16 se nos narra la historia que contrasta grandemente con las de su hijo. Dios le dijo a Samuel: “ya yo me he provisto rey”. Dios lo envió a casa de Isaí, y una vez allí le dijo: “Levántate y úngele, porque éste es”, y desde aquél día el Espíritu de Jehová vino sobre David. Éste estaba consciente de aquel acto. Él bien hubiera podido actuar de inmediato para destituir a Saúl, sabiendo que Dios se había apartado del mismo. Sin embargo, él no se adelantó a las consecuencias. Él no creó condiciones humanas. Él no puso ni un dedo para alterar las cosas. Él no forzó un ascenso al trono. Dios lo arreglaría todo, en tiempo y forma. Confió en Dios. Aún cuando tuvo oportunidades para quitarlo de en medio, no lo hizo a pesar de que el rey se había constituido en su enemigo más encarnizado.

El verdadero hijo de Dios sabe, entiende, conoce que cuando Dios está en un asunto, Él se las vale para llevar a efecto sus planes y propósitos. A Dios no hay que ayudarlo, a Dios hay que obedecerlo. Los hijos de Dios saben esperar el tiempo de Dios. Los hijos de Dios no utilizan subterfugios para lograr lugares prominentes en la obra de Dios. Los hijos de Dios saben “luchar legítimamente” (2 Tim. 2:5). Los verdaderos hijos de Dios no tratan de usurpar ni ascender a lugares, responsabilidades y puestos que Dios no les ha dado. Los hijos de Dios saben que cuando Dios tiene un plan y un propósito con ellos, Dios abre las puertas y nadie las puede cerrar. El hijo de Dios se deja guiar por el Espíritu de Dios, pues sabe que cuando Dios pone, no hay quien quite y cuando Dios quita no hay quien ponga. Al verdadero hijo de Dios, “el trono” le produce temor santo, humildad de corazón, pero confianza plena en Aquél que “comenzando su buena obra sabe perfeccionarla hasta su consumación plena”.

El Espíritu Santo es el que da los dones y levanta ministerios. Esto es una prerrogativa exclusiva de Él. Nunca trates de tomar un cargo que no se te ha pedido que tomes, ni asumas una responsabilidad a la cual no has sido llamado o porque las circunstancias te lo han impuesto; no te dejes llevar por las apariencias ni por opiniones de otros. Recuerda que esto es un asunto entre tú y Dios. Si Dios está, Él lo confirmará. Lo contrario siempre ha traído y creado consecuencias no gratas, ha creado grandes problemas y ha traído grandes afectaciones al Cuerpo.

Constitúyete en un instrumento para la unidad del Cuerpo. Recuerda que Dios hace fracasar todo intento humano en su obra, pero hace progresar sus intentos divinos. Pregúntate en esta hora: ¿En qué me estoy convirtiendo, en un Absalón o en un David?

Hay un pasaje muy interesante que nos instruye con respecto a cuál debe ser nuestra actitud en estos casos: es el capítulo 5 de la primera epístola de Pedro, versículos 1 al 18. Todo el pasaje habla acerca de las relaciones de sujeción en el seno del “rebaño”, la Iglesia. Comienza con una exhortación a los líderes (versículos 1 al 4). El mandato puede bosquejarse del siguiente modo:

I. Orden: “Cuiden”.
II. Modo de llevar a cabo esa orden: “cuidando”
A. “No por obligación”.
B. “Ni por ambición de dinero”.
C. “Con afán de servir”
D. “No sean tiranos con los que están a su cuidado”
E. " Sino siendo ejemplos para rebaño”.

Luego prosigue con una exhortación para los que están bajo autoridad. El mandamiento es que ellos deben: primero, estar sujetos a los ancianos; segundo, ser sumisos unos con otros; tercero revestirse de humildad (v. 5). El segundo mandamiento es la clave del cumplimiento del primero: “Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios”. El Señor contempla la sujeción dentro de la Iglesia como una muestra de la humillación delante de él. Muchos dicen: “Yo me someto sólo a Dios”, pero no están dispuestos a sujetarse a una congregación, ni ponerse bajo la autoridad de un liderazgo reconocido. Hay insertada, dentro del mandamiento, una promesa: “para que él los exalte cuando fuere tiempo”. No debe preocuparnos el momento de nuestro “ascenso”. Dios se ocupa de eso. Como se señala más arriba, cuando intervenimos carnalmente para “resolver” nuestra “desventajosa” situación, lo echamos todo a perder y causamos males dentro del Cuerpo de Cristo.

El versículo 7, nos da la clave para permanecer en actitud humilde. ¿Cómo mantenernos humillados esperando el tiempo de Dios? “Depositen en él toda ansiedad , porque él cuida de ustedes)”. Observemos que, contextualmente, este versículo no está hablando de cualquier tipo de ansiedad - ansiedad producida por problemas económicos, ansiedad producida por enfermedades, ansiedad producida por luchas y dificultades de la vida -, sino que nos habla de la ansiedad que se produce cuando queremos adelantarnos a los propósitos de Dios y a Su tiempo en nuestras vidas. Habla de la ansiedad que se produce cuando deseamos ocupar “lugares” dentro de la Iglesia a los cuales no hemos sido llamados; cuando sabemos que Dios nos ha llamado a ocupar un lugar, pero los líderes de la Iglesia aún no se han percatado, o habiéndose percatado, por razones que escapan a nuestro entendimiento, prefieren posponer la resolución de nuestra posición. Aquí, en estas circunstancias, se produce la exhortación a mantenernos humildes, en actitud de confianza en Dios, sin ansiedad, y sujetos a la decisión de la autoridad. Esto nos permite ver la mano de Dios arreglando todas las cosas. ¡Cuántos males se evitarían si tuviéramos en cuenta este principio espiritual.

Para finalizar: si observamos los restantes versículos que conforman la unidad del pasaje, encontramos una amonestación a ser sobrios y velar en este sentido, precisamente porque el diablo anda buscando ocasiones como las descritas para intervenir y devorar vidas de creyentes y congregaciones completas. Se nos manda entonces a resistir, en este sentido, sabiendo que todo lo que está ocurriendo en nuestra vida es permisión divina, para nuestro perfeccionamiento, nuestra firmeza, , fortaleza y ESTABLECIMIENTO. “Practiquen el dominio propio y manténganse alerta. Su enemigo el diablo ronda como león rugiente buscando a quien devorar;. Resístanlo manteniéndose firmes en la fe, sabiendo que sus hermanos, en todo el mundo están soportando la misma clase de sufrimientos” .

¡Qué tremendas las palabras finales de este pasaje: “A Él sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.” Estas palabras hacen el contraste con las exhortaciones anteriores: Él es el único que tiene el señorío, el poder y el imperio, por lo tanto, ningún líder eclesiástico puede suplantar Su lugar, enseñoreándose del rebaño (comparar con el versículo 3). Pero, por otra parte, nadie, ningún miembro de ese rebaño puede pretender ocupar un lugar que no le corresponde dentro de los planes y los tiempos de Dios para su vida, y mucho menos para su autopromoción. Hacer esto es pretender una “gloria”, que sólo Dios tiene, y que no comparte con nadie” (Isaías 42:8).


5°. Permisión impune del pecado.
La santidad es la condición esencial de Dios, el pecado es la condición perversa de Satanás. Dios es intransigente con el pecado. Su justicia le hace condenar el pecado. Su intransigencia y repudio, su santidad y justicia produjeron la destrucción del pecado. Por nuestros pecados “Él fue molido”, nuestros pecados lo condenaron a Él, nuestros pecados lo mataron a Él, pero al resucitar, los pecados que molieron Su cuerpo quedaron sepultados y Su cuerpo glorificado fue levantado. Ahora Él no tiene ninguna relación con el pecado. Cuando Él nos “mata”, “nos entierra” y “nos resucita” con Él, asumimos una naturaleza santificada y Él nos cubre con Su justicia. En esta condición no tenemos más relación con el pecado. Sin embargo nuestra naturaleza humana, de la cual no somos desprendidos hasta después de nuestra resurrección, es susceptible al pecado y puede ser afectado por éste. Se nos exhorta, pues, a vivir vidas santas, separadas del pecado. “Dios ama al pecador, pero aborrece el pecado” , se oye predicar desde el púlpito. Dios quiere una Iglesia santa. ¿Es posible que lo que Dios aborrece pueda surgir, desarrollarse y permanecer en medio del pueblo impenitente de Dios sin hacer algo de carácter vindicativo?

Dios coloca en manos de las autoridades de la Iglesia la autoridad de juzgar y disciplinar al pecador. (1 Cor. 5 y 6). Cuando la Iglesia pierde de vista este aspecto de la justicia se identifica con la injusticia y es cuando Dios pide cuenta a las autoridades de la Iglesia, especialmente al Pastor. La permisión del pecado coloca, en primer lugar, una barrera entre Dios y Su pueblo (Isaías 59:2); segundo, produce una barrera entre los santos y los pecadores permitidos. La Iglesia, como Cuerpo, sufre la dolencia del “cáncer” y el tener que soportar los dolores de un cáncer que no se cura ni se extirpa. Meditemos y reflexionemos sobre la siguiente amonestación:

“Sin embargo, tengo en tu contra que toleras a Jezabel, esa mujer que se dice profetiza . Con su enseñanza engaña a mis siervos , pues los induce a cometer inmoralidades sexuales y a comer alimentos sacrificados a los ídolos” (v. 20) (véase vs. 14-15). Es bueno notar que, tanto al Pastor de la Iglesia de Pérgamo como al de Tiatira, el Señor los elogia (2:13, 19) pues en lo personal eran irreprensibles. Sin embargo, habían perdido su responsabilidad ante Dios de guiar a la Iglesia hacia una vida espiritual poderosa, y el pecado estaba minando los cimientos del pueblo de Dios.

Si analizamos las causas, saltan a la vista: aquellas personas a las cuales había confiado el ministerio de la enseñanza dentro de la Iglesia eran personas incompetentes e incapacitadas moral y doctrinalmente para realizar una labor de tanta importancia. Estas personas estaban ejerciendo una influencia tal, que el mismo pastor, ahora se encontraba limitado y casi atado de pies y manos para actuar. Él sabía dónde radicaba el mal, pero lo toleraba. Quizás tenía temor de proceder. El desentenderse de los conflictos internos de la Iglesia, empeora las cosas. El pastor siempre puede hacer algo. Es siervo de Dios el que tiene todo el respaldo de Él.

El pastor es la autoridad delegada de Dios y no tiene que temer descubrir lo mal hecho y poner en orden lo desordenado. Es preferible quedar bien con Dios que no condescender con el pecado. Dios no le reclamó a “Jezabel”, le reclamó al pastor. Dios no va a reclamarle al diácono, ni al anciano, ni a la esposa del pastor , Dios te reclamará a ti, por lo tanto intervén, frena, ejerce tu autoridad pastoral para bien de la Obra, y Dios te va a bendecir. No hagas que un día tengas que oír las palabras de reproche de parte de Dios diciéndote: “Sin embargo, tengo en tu contra...”

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Luz y Verdad es un ministerio transdenominacional de enseñanza bíblica y teológica, dirigido particularmente a las iglesias locales, con el objetivo de edificar a sus miembros y preparar a sus líderes.

El ministerio fue fundado a fines de la década del 90, por el pastor y misionero cubano Luis Enrique Llanes Serantes, su actual director. A lo largo de todos estos años, el pastor Llanes ha llevado las conferencias y seminarios Luz y Verdad a decenas de iglesias, en Argentina, particularmente en la región patagónica.

Además de las conferencias, talleres y seminarios, el ministerio cuenta con un sistema de estudios bíblicos, teológicos y ministeriales, en tres niveles, y el curso Alfa para nuevos convertidos. Los materiales de estudio usados en ellos, han sido escritos por el propio pastor Llanes, y son de distribución gratuita.

Luz y Verdad cuenta con presencia en Internet, a través de una red de blogs, en los que aparecen escritos y recursos de edificación para los creyentes en general, y los líderes cristianos en particular.

El trabajo de edición corre a cargo de la hermana Alba Llanes, hija del pastor Llanes, la cual está radicada en California, Estados Unidos, y ha llevado hasta allí el ministerio Luz y Verdad.

La hermana Alba también aporta al ministerio, con sus escritos, sus conferencias, talleres y seminarios, así como con sus publicaciones personales por Internet.

Además de que el pastor Llanes es ministro ordenado de la Unión de las Asambleas de Dios, de Argentina, el Ministerio Internacional Luz y Verdad está avalado por COPLEM, el Consejo Pastoral de la ciudad de Puerto Madryn, provincia del Chubut, lugar donde tiene su sede actual.

Luz y Verdad mantiene la postura doctrinal propia de las Asambleas de Dios, en lo que atañe a los conceptos doctrinales fundamentales.

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El Ministerio Internacional Luz y Verdad y su servicio de publicaciones EDICI, están configurando una red de recursos propios que pone a disposición de los ministros y de los hermanos, con el propósito de edificarlos en las diferentes áreas del quehacer cristiano.

Se trata de la Red de Blogs Luz y Verdad. En ellos, usted encontrará estudios de carácter doctrinal, bíblico y ministerial, artículos sobre historia de la Iglesia, actualidad eclesial y secular, orientaciones didácticas y pedagógicas, y mucho más.

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