miércoles, 20 de junio de 2007

PREFACIO A LA UNIDAD DE LA IGLESIA

Por Luis E. Llanes.
Si hay un momento crucial en la vida de la Iglesia, en el que es necesario hacer un replanteo serio del concepto de “Iglesia” es esta hora. Las razones son las siguientes: notamos un mover del Espíritu de Dios hacia la consolidación de la Unidad, manifestado dentro de una gran cantidad de siervos de Dios aquí en la Argentina. Estos testifican de la inquietud que Dios ha estado poniendo en sus corazones sobre este asunto que creen de importancia. Esta intranquilidad se ha traducido en la creación de los llamados Consejos Pastorales, en diferentes ciudades de nuestra nación. La experiencia, a través de varios años de su gestación, nos ha enseñado la importancia de estos Consejos dentro del plan de Dios en busca de la consolidación de la Unidad del Cuerpo. Aunque en algunos lugares han fracasado en el intento, producto de ni haber entendido el propósito de Dios con los Consejos Pastorales, en los lugares donde están funcionando debidamente, se ha producido un cambio sustancial en el cuerpo de pastores, en las congregaciones; un cambio sustancial con repercusiones positivas dentro de las ciudades donde están constituidos. Por otra parte, hay lugares que, aunque se está luchando por hacer real ese deseo, tal parece como inalcanzable y en otros ni el intento de alcanzarlo se manifiesta todavía.

Sin embargo, en sentido general, notamos que hay un concepto muy vago de lo que es Iglesia. Y este aspecto es sumamente importante para que la unidad sea evidente y percutiva dentro de ella y en la sociedad. Sabemos que somos pastores, sabemos que somos parte de una congregación, sabemos que tenemos un ministerio y, dentro del todo, sin embargo, nos sentimos como solos, independientes, sin sentido de relación. Estamos tan ensimismados en nuestros propios asuntos que hemos perdido el concepto de relación que tanto necesitamos para poder llegar a lo que Dios quiere.

En ocasiones sucede que dentro de la misma ciudad un ministro se debate en medio de una lucha campal contra los problemas de carácter espirituales. Todos tenemos ojos para notar la situación. Como espectadores de una película, vemos desarrollarse la historia dramática con un desenlace fatal. Después, todos tienen la respuesta, pero, cuando ya no hay solución; antes, nadie fue a dársela. En ocasiones, hasta un sentimiento de satisfacción morbosa surge furtivo de lo profundo de nuestro corazón traducido en palabras de reproches y críticas, cuando más bien estos hechos deberían rompernos el corazón de dolor, por el paladín caído y exclamar, como exclamó David por la caída de Saul: “¡Ha perecido la gloria de Israel sobre las alturas, cómo han caído los valientes” (1 Sam. 1:19) “Llorad por Saúl...” (1:24)

Ante nuestros ojos transcurre la vida económica de un siervo de Dios. Todos lo notamos: no viste bien; sus zapatos están rotos; su familia, pasando necesidad; él, luchando solo para tratar de resolver los problemas familiares. Se produce una lucha interna: el ministerio con hambre o un trabajo remunerado sin ministerio - “Él debe venir y exponer su situación”, dice alguien. Pero “alguien” no lo haría tampoco si estuviera pasando la misma situación. - “El Pastor Fulano dejó el ministerio, ahora vende chupetines en la calle”, comentamos cuando viene el colapso. Pero nadie fue y se interesó por el Pastor Fulano para darle una mano.

Alguien, un poco más sensible, se levanta con una posible solución, pero nadie le hace caso. Otro más decidido se dispone a hacer algo por iniciativa propia, pero lo hace solo como para que la gloria de haber hecho algo sea para él.

Esto no solo pasa a nivel ministerial, sino a nivel de la Iglesia Local. Cada uno vive su vida. Cada uno aprendió de su Pastor a vivir su vida muy personal. Aprendió a no interesarse por nadie, pues la calidad de únicos les impide ver el resto de la familia, que aunque parte de ella y ella parte de él, sin embargo no la percibe porque no la discierne. La filosofía del “sálvese quien pueda” ha matado el espíritu de solidaridad cristiana. No hay Espíritu para ver estas cosas, y estas cosas, y otras mas, no hacen más que mostrar, cuan lejos estamos de saber, entender y discernir lo que es Iglesia. Se hace necesario, pues, hacer un replanteo bíblico y teológico de lo que es la Iglesia y su significado en el día de hoy.

Para el católico romano, el concepto de Iglesia se pierde dentro de la filosofía del “lo creo porque lo veo y lo palpo”. Él puede ver, con ojos materiales, a un Cristo, que, aunque colgado de una cruz todavía, aún le inspira cierto grado de temor y respeto. Cuando está dentro del aquel templo enorme, alto, profundo, silente, calmoso, tranquilo, siente una sensación de seguridad y paz, aunque sea por un rato. Cuando ve a su sacerdote, vestido con su ropaje singular, exclusivo, propio y habitual, le inspira cierto grado de autoridad, y por lo menos, mientras la oveja ve a su pastor se siente segura. Cuando piensa en el Papa, cree que “el sucesor de Pedro” cuando habla, es Dios hablando por él y su fe parece agigantarse y cuando testifica, se llena la boca diciendo: ¡por esto soy católico!

Pero todo esto es una mera falacia. Quitémosle al Cristo crucificado de delante de sus ojos, saquémoslo de dentro del templo, eliminemos la figura del sacerdote y anulemos su Papa, y el católico romano se vería en la más profunda de las confusiones, con su fe perdida sin saber donde colocarla, desorientado al no escuchar la voz “audible” de su pastor, náufrago en medio de un mar tempestuoso e inclemente, pidiendo auxilio sin tener a nadie que se apiade de él.

Su concepto extremadamente objetivo de Iglesia fue golpeado “con ímpetu en aquella casa y su ruina fue muy grande”. Porque Iglesia no es una superestructura eclesiástica controlada férreamente por la voz “ex-cátedra” e infalible de un hombre. Iglesia no es un templo milenario o moderno, expuesto al deterioro del tiempo, el agua, el sol y el viento. Iglesia no es un mero grupo de creyentes sin concepto de relación dentro del todo. Iglesia no es un nido eterno de pájaros donde los pichones son “pichongueados” (alimentados) permanentemente por su madre. Iglesia no es un batallón de minusválidos, imposibilitados para vivir su propia vida, aún cuando le falte la silla y el bastón.

Los neo-ortodoxos liberales creen que la Iglesia es producto de un proceso evolutivo que no tuvo su origen en Pentecostés. Se desarrolló desde la era patriarcal, siguió con Israel, después con la Iglesia novo testamentaria y hoy agrupa a todo el mundo que aunque no lo sepa son parte de ella, ya que todos somos hijos de Dios, y un Dios de amor no va permitir que nadie se pierda. Aunque ridícula esta posición, sin embargo algunos la sustentan apoyándose en las ideas universalistas en cuanto a la salvación. Ellos pierden a la Iglesia dentro de toda una filosofía humanística que lo que produce es una mera institución fraternal sin objetivos espirituales.

Este tipo de Iglesia que ellos han creado, excluye por completo al fundador de la Iglesia, o sea Jesucristo. Incluyen a cualquiera, sea quien sea, tenga la religión que tenga sin la necesidad de cambio de conducta. Anulan el sacrificio de Jesús, el nuevo nacimiento, la vida de santidad de sus miembros y humanizan a una institución divinamente ordenada.

Desde este punto de vista: ¿Para qué Iglesia? ¿Para qué murieron los mártires que la defendieron a través de la historia? ¿Para qué evangelio, si todos son hijos de Dios? Este tipo de Iglesia que los liberales y los neo ortodoxos han creado no es ni siquiera una caricatura grotesca de lo que el Nuevo Testamento nos revela. ¡Que se callen la boca estos que así piensan! No son más que “manchas en vuestros ágapes, nubes sin agua llevada de acá para allá por los vientos, árboles otoñales, sin fruto; dos veces muertos y desarraigados, fieras hondas del mar que espuman su propia vergüenza; estrellas errantes, para las cuales está reservada eternamente la oscuridad de las tinieblas” . ¡Que no hablen en nombre de un Cristo al cual han menoscabado, y de un Dios al cual han destronado! Excuso a los filósofos ateos. Pues al negar rotundamente la existencia de Dios lo hacen desde suposición completamente opuesta al cristianismo. Ellos, al menos, tienen el valor de defender sus ideas sin mezclarlas con nada. No excuso a los teólogos llamados cristianos, que al no entender cuestiones de la fe que se escapan a sus sentidos limitados, llenan el vacío con una variedad de conceptos netamente humanistas hasta el punto de comulgar con el enemigo, aceptando conceptos e ideas completamente anti-Dios y anti-Cristo.

Esos conceptos falsos de grupo lo tienen la mayoría de las religiones que llamamos paganas o no cristianas, tales como el Budismo, el Islamismo, el Judaísmo, etc. Sin embargo, nada de eso es Iglesia.

Dentro del protestantismo, incluyendo a aquellos movimientos que indirectamente surgieron en la época posreforma, hay una diversidad de conceptos variados de lo que es Iglesia. No todos estos conceptos están escritos, no todos son correctos tampoco. Nuestros teólogos, a través de la Historia, han concebido a la Iglesia desde el punto de vista de las vivencias experimentadas por sus antepasados y la aplicaron, invariablemente (salvo algunas excepciones) en su tiempo y en su lugar y eso es lo que nos han legado hasta hoy, y eso es lo que hoy estamos viviendo, con todas sus consecuencias... Nunca se detuvieron a hacer un análisis profundo del concepto de Iglesia. Han aceptado el dogma heredado y eso ha regido toda la teología eclesiástica. El concepto de Iglesia se ha ido deformando a través del tiempo y eso ha dado a luz una Iglesia, que no funciona como Iglesia, porque no tiene claro lo que es ella. Yo le animo a que haga una encuesta a veinte pastores, de cualquier denominación. La pregunta sería: ¿Qué cosa es Iglesia para usted? Usted se va a quedar asombrado del concepto tan superficial y vago de la mayoría (porque eso fue lo que nos enseñaron) y de otros, que ni conceptos tienen de lo que significa.

Esto ha traído graves consecuencias:

Primero: estancamiento o corte de la proyección y formato original de lo que el Espíritu Santo ha querido como Iglesia. Ha habido “cambios genéticos” en la Iglesia. Cada cual ha querido hacer su propia Iglesia de acuerdo con un formato propio. Estamos a dos mil años del formato verdadero legado por los apóstoles.

Segundo: indiferencia de los miembros hacia el quehacer normal de la Iglesia, producto de la ignorancia del papel que juegan dentro del grupo. Al deshacerse el formato original, se inventó cualquier otra cosa. Vemos gentes congregadas, pero no funcionan como Iglesia de Jesucristo. Un alto concepto de irresponsabilidad hacia lo que debería ser el interés primordial de cada hijo de Dios. Pero todo derivado de lo mismo. Congregaciones dominicales, sermones dominicales, pero cristianos banales.

Tercero: indiferencia casi absoluta entre Iglesias. Como cada una piensa que es “la Iglesia”, se desplazan una a las otras, porque no hay aceptación de aquello que no se parezca a ellas.

Cuarto: y lo peor, espíritu de crítica destructiva, que utiliza todos los medios, desde el simple púlpito hasta las formas más sofisticadas de comunicación: televisión, Internet, etc. Palabras hirientes, golpes morales, descrédito mutuos, menoscabo ministerial, etc. Después se jactan de que son Iglesia de Cristo. Están predicando desde el mismo infierno, pensando que están en la gloria.

Quinto: ignorancia y rechazo voluntario de toda la enseñanza bíblica sobre ética cristiana, porque aún cuando algunos la conocen, ella se convierte en una cuchilla que corta y duele. No conocen lo que es el amor fraternal, ni la compasión cristiana.

Cuando se define con palabras lo que es la Iglesia, por regla general se responde: “es el grupo de creyentes lavados por la sangre de Cristo y transformados por el Espíritu Santo” . Otros: “es el cuerpo de Cristo Quizás otros, un poco más teólogos, expliquen el significado original de la palabra Iglesia, le añadan lo que ya saben y punto.

Con el perdón de todos nuestros teólogos que mucho han hecho por la doctrina, no puedo dejar de decir que estas proposiciones tan simplistas, aunque tienen un contenido de verdad, por no ser la verdad completa, han producido la Iglesia que tenemos hoy: una Iglesia parcialmente Iglesia. Una Iglesia sin empuje vital. Una Iglesia ensimismada, aniñada y minusválida. ¿O no? Haga un paralelo de la Iglesia actual con la Iglesia de proyección neotestamentaria. ¿En qué se parecen? Sí, me dirás que la Iglesia primitiva no se puede tomar como modelo, porque era una Iglesia naciente y automáticamente me remites a la Iglesia que refleja la Epístola a los Efesios. Pero esto agrava más la situación de la iglesia actual: si la Iglesia actual es incapaz de compararse con la Iglesia terrenal, defectuosa y naciente de los primeros tiempos, mucho menos con la Iglesia celestial que Efesios nos muestra. ¿O es que la tuya ya llegó allá?

A través de la Historia, Dios ha querido traer a la Iglesia al modelo entregado por él. Avivamientos diversos han despertado a la Iglesia produciéndose cambios sustanciales, con visión y vitalidad nueva han desplegado una labor tremenda, pero la influencia teológica sobre el falso concepto de Iglesia dio como resultado la organización de grandes grupos diferentes con gran cantidad de Iglesias locales con sus respectivos pastores sobre los cuales se han levantado líderes que como pequeños Papas, controlan, dirigen, mandan a los grupos ínter independiente.

Esta actitud es la que prevalece hoy en muchas de las Iglesias llamadas cristianas. O sea, se ha constituido un tipo de Iglesia que, en cuanto su sistema organizativo, es una pirámide sobre cuya cúpula no está Jesucristo, sino el Hombre, sustituto de Cristo. En cuanto a su sistema de gobierno muchos de los líderes se han convertido en Señores de la grey, desplazando al Señor de la grey y, en cuanto a sus miembros, piezas postizas sin conceptos de relación y acción.

Esta estructura eclesiástica ha impedido el fortalecimiento de la unidad espiritual por el énfasis desmedido del factor organizativo en desmedro de la Unidad espiritual. Esta situación ha contribuido a fomentar todos los males dentro de la Iglesia, parte de los cuales ya mencioné. Si no nos proponemos, con la ayuda del Espíritu de Dios discernir, descubrir, y reencontrarnos con las raíces, la Iglesia novo testamentaria, seguiremos funcionado sin resultados positivos en relación con el propósito de Dios en lo que concierne a la unidad espiritual de Su pueblo y al papel que juega dentro de esta sociedad delirante.

La pregunta que necesariamente tiene que surgir en este punto es: ¿Qué es la Iglesia? ¿Cómo presenta el Nuevo Testamento a la Iglesia de Jesucristo?. Para definirla diré lo siguiente: “La Iglesia es un organismo visible, cuyos componente han sido regenerados por el Espíritu Santo y dentro del cual guardan una relación íntima y vital con Cristo, la Cabeza, y un vínculo estrecho de amor, trabajo y colaboración con los demás miembros de Cuerpo para edificarlo”

En la mayoría de las declaraciones dogmáticas sobre la Iglesia, se presenta al componente humano como un ente pasivo que todo lo recibe, sin responsabilidad, ni compromiso con el resto, sin sentido de relación con los demás. Se ha creado una iglesia despersonalizada y sin identidad.

Mucho menos se enfatiza su relación con la Cabeza sin la cual no existiría como tal. El sentido de relación hay que rescatarlo, hay que restaurarlo, para que la Iglesia pueda salir de su estado de niñez espiritual y se comporte como “persona mayor”. El sentido de relación nos hace entender que no vivimos separados ni independientes, que somos parte de un Cuerpo. Es este concepto de Cuerpo otro de los elementos que tiene que formarse o reformarse nuevamente. Solo una actitud corporativa nos ubicará en el lugar correcto, nos indicará qué somos, e imprimirá un sentido profundo de responsabilidad y compromiso dentro de la Iglesia. El sentido de relación corporal impide creer a la mano, que ella “es el cuerpo”, impide la independencia e indiferencia. Nos ayuda a vernos como un todo, donde cada uno solamente es parte, y parte que le es imposible vivir como si fuera un todo.

Antes que nada tenemos que reconocer y conocer los vínculos que nos une a Jesucristo. En el patio de mi casa hay un gran eucalipto. La ramas de un extremo distan del otro extremo alrededor de doce metros. Las ramas enormes se yerguen sosteniendo a las ramas mas pequeñas de ambos lados. Cuando me siento en el patio a tomar el fresco de la tarde contemplo la multitud de pequeñas florecillas y semillitas que cunden el ramaje. Miles y miles. Tal parece que una de esas pequeñas semillitas nada tienen que ver con la otra de diez metros de distancia. Sin embargo, cada una pertenece al mismo árbol, vinculadas por las ramas y las ramas al tronco. Todos participan de la misma naturaleza y reciben del tronco la savia que les da vida.

Ese espectáculo me arrojó luz en relación con los miembros de la Iglesia. Sí tenemos que ver, y mucho, los unos con los otros y, sobre todo, con Jesucristo nuestra CABEZA. Al lado de esta planta hay un olmo. Por ser de diferente naturaleza, aunque están cerca y aunque sus ramas a veces se entrecruzan con las del eucalipto, sin embargo, ni ellas ni su fruto son partes del eucalipto. El estar cerca no las hace parte una de la otra. Aunque su follaje se confunda con el eucalipto, por la diferencia de naturaleza, el olmo no es eucalipto ni parte de él, ni su fruto es el mismo. Todo por la diferencia de naturaleza. Si tú no te sientes parte del “todo” de la Iglesia, aunque te confundan, tu naturaleza es otra y no la de Cristo. Por eso no encajas. Pero si eres parte del Cuerpo, vas a buscar tu vínculo con Cristo, porque el imán atrae a los elementos de su naturaleza. Jesús declaró enfáticamente: “Como el pámpano no puede dar fruto si no estuviere en la vid, así mismo sin mí nada podéis hacer”.

Después tenemos que reconocer y entender los vínculos que nos unen con los otros miembros de Cuerpo. Si somos hijos de un mismo Padre, somos hermanos. Si no te sientes hermano, eres hijo de otro padre. Con esta figura consideramos otro aspecto que urgentemente hay que rescatar, renovar y restaurar: el concepto de “comunión”. El Credo Apostólico reza de la siguiente forma: “...creo en la comunión de los santos...” La Iglesia primitiva revelada en los Hechos de los Apóstoles participaba de la perfecta comunión mutua entre los creyentes. La Iglesia es, mas que un lugar de comunión, es un estado de comunión. Esto no tiene que ver con distancia, ni lugar sino con el Espíritu que la produce, tiene que ver con el hecho de que la Iglesia universal está en comunión con Cristo y es esa comunión, la fuerza de atracción y base de nuestra comunión.

Nuestra comunión no tiene nada que ver con nacionalidad, raza, etnias, lenguaje, sexo, etc. Jesucristo echó abajo todas las barreras que separaban a la humanidad y que tantos estragos han hecho fuera y dentro de la Iglesia. Del judío y del gentil hizo un solo pueblo, llamado Iglesia y todos sus componentes, en su calidad de hijos de Dios somos hermanos en Cristo. Este sentido de relación y este sentimiento filial nos ponen en capacidad para proyectarnos como uno que somos. En este contexto podemos entender las cuatro facetas que manifiesta o caracteriza un verdadero espíritu de unidad:

1º. De carácter intelectual. Pablo nos dice que “tenemos la mente de Cristo” y nos exhorta a pensar “una misma cosa”. Esto se hace posible cuando tenemos un concepto de relación con Cristo bien claros. Solo un grupo “descabezado” piensa con su propia cabeza y no con la de Cristo. Por eso muchos no entienden el pensar del Cuerpo con su Cabeza. Todo le parece locura y no aceptan nada que no piense como piensan ellos. Una de las evidencias del concepto de relación dentro de la unidad del Cuerpo, es precisamente que nuestras ideas y pensamientos son cautivados por la mente de Cristo dando por resultado la uniformidad de pensamiento en sus proyecciones objetivas. Con este concepto de relación bien claros, hay una capacidad y docilidad para ir amoldándonos al pensar de Cristo a través del intercambio de ideas cuando se proyecta algo en común. En la discusión sana, en el análisis abierto, el Espíritu Santo va produciendo un pensamiento común; sus planes y propósitos son develados y la victoria en el trabajo y la lucha se hace una realidad experimental.

2º. De carácter afectivo.- “Que sintáis una misma cosa”. ¿Es posible? Sí. El concepto de relación corporal no sólo afecta nuestra mente, sino que también todo lo que pensamos como Cuerpo se hace una realidad “síntica” en nuestro corazón. Somos envueltos en el sentir de Cristo mediante su Espíritu que mora en nosotros, que al fin y al cabo es el agente o fuente de la unidad. El Espíritu “hace carne” en la Iglesia el sentir de Dios para con Su Pueblo de tal forma que la voluntad de Dios toma la primacía en la Iglesia. Esta actitud echa por el suelo “mi opinión” , “mis pensamientos”, “mi voluntad”, “mis deseos”, para que se hagan una realidad la opinión de Cristo, Su voluntad y Su deseo para todo Su Pueblo. Mis intereses personales son supeditados a los intereses de Dios y su Cuerpo. Hay gozo en el corazón cuando la voluntad de Dios se hace real, cuando vemos los resultados y cuando vemos los beneficios compartidos.

3º. De carácter volitivo.- “Dios produce en vosotros, así el querer como el hacer por su buena voluntad” “Unánimes entre vosotros, sirviendo al Señor”. El control que toma Jesucristo sobre nosotros y el control que nosotros le permitimos que Él tome es decisivo para que Dios pueda producir en nosotros lo que en nosotros no existe. “Él produce” porque en nosotros nada hay. Nuestra naturaleza humana es rebelde por naturaleza, no quiere lo que Dios quiere. Nuestra voluntad se revela a la de Dios, por lo tanto nos es imposible quererla. Me gusta más lo que yo quiero, lo que me interesa, lo que yo deseo, lo que me parece correcto. Por esto es necesario permitirle que Él sea el que produzca el querer la unidad, el querer la comunión para que el concepto de relación dentro del Cuerpo se haga una realidad y regule y mantenga estos elementos sin los cuales la Iglesia seguiría en su multiforme involución, como la nube que el viento deforma, transforma, reforma pero nunca le da forma permanente, hasta que se disuelve en el espacio y el tiempo.

El espíritu unánime trae a la Iglesia un estado de paz y satisfacción. No hay cosa más gloriosa y que traiga efectos tan benefactores al Cuerpo que el testimonio interno del Espíritu que mora dentro, que nos hace experimentar el gozo de las victorias que juntos logramos para Dios. Esto es de un valor incalculable, que no se compra en un supermercado, porque es un don de parte de Dios, don que nos pone en capacidad amplia para caminar la “segunda milla” en aras del engrandecimiento del Reino de Dios aquí en la tierra.

4º. De carácter dinámico.- Acción unánime y coordinada. Porque Dios produce en vosotros así el querer como el hacer por su buena voluntad” . “El hacer” es la evidencia de la obediencia. Es indiscutible que la demanda máxima de Dios es obedecer. Esto es algo que prioriza sobre todos los sacrificios que podamos hacer. Pero nos cuesta trabajo. Yo puedo obedecer por la fuerza o la obligación, pero este no es el tipo de obediencia que Dios demanda. Todos lo que hacemos forzados por las circunstancias no siendo movidos por el Espíritu de Dios, todo ello es vano. Lo que hacemos se desvanece, se disuelve, se envanece y se pierde. Nos sumimos, entonces, en un estado de frustración por el fracaso. Creemos que ese era necesariamente el resultado del esfuerzo y quizás del sacrificio. Pero no. El fracaso fue producto de los móviles y circunstancias que nos obligaron a hacer tales cosas.

Cuando Dios produce en el corazón la disposición permanente para la obediencia, aún cuando se convierta en un sacrificio para hacerlo, ello trae resultados benefactores, tanto en lo personal como en lo colectivo. La victoria es asegurada, porque la acción está encuadrada dentro del plan de Dios canalizado a través del Cuerpo y a favor del Reino de Dios. Apreciamos y entendemos lo que es una acción corporativa, o sea donde cada miembro del cuerpo está comprometido y actúa con conciencia de relación.

Creo que no hay otra forma de concebir la Iglesia de Jesucristo. Creo que este es el modelo de Iglesia que Dios quiere para nuestros tiempos. Dentro de este marco Dios se revelará con más amplitud, porque tendrá “un Cuerpo bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Efesios 4:16) Pero es bueno llamar la atención al v. 15 donde dice: ...crezcamos en todo en aquél que es la Cabeza, esto es, Cristo”. Pablo aquí nos revela una Iglesia relacionada con Cristo, la Cabeza; relacionada con los demás componentes; comprometida con Cristo; comprometida con el resto del Cuerpo; realizando un trabajo unido y coordinado; una Iglesia con sentido de comunión y relación con un solo interés: edificar el Cuerpo en amor.

Yo animo a los Consejos Pastorales constituidos que reafirmen su compromiso de permanecer en esa actitud de relación y comunión que son la base de la Unidad Corporal; animo a aquellos que están claudicando, por temores o prejuicios, que se despojen de estos sentimientos que tanto han dañado al Cuerpo y se decidan, como otros, a arriesgarse por la Unidad del Espíritu; y animo a aquellos que hasta este momento no les ha interesado este proyecto, que no es más que el proyecto de Dios para su Iglesia, que se decidan y den un salto de fe hacia la Unidad, porque este es el tiempo de Dios para “reunir todas las cosas, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así de los que están en el cielo como los que están en la tierra...conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Efe. 1:10-11); “Porque todos vosotros sois UNO en Cristo Jesús” (Gál. 3:28).

Desde esta perspectiva, les propongo este trabajo o proyecto y esperemos la bendición , el respaldo y la victoria de parte de Dios.

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Luz y Verdad es un ministerio transdenominacional de enseñanza bíblica y teológica, dirigido particularmente a las iglesias locales, con el objetivo de edificar a sus miembros y preparar a sus líderes.

El ministerio fue fundado a fines de la década del 90, por el pastor y misionero cubano Luis Enrique Llanes Serantes, su actual director. A lo largo de todos estos años, el pastor Llanes ha llevado las conferencias y seminarios Luz y Verdad a decenas de iglesias, en Argentina, particularmente en la región patagónica.

Además de las conferencias, talleres y seminarios, el ministerio cuenta con un sistema de estudios bíblicos, teológicos y ministeriales, en tres niveles, y el curso Alfa para nuevos convertidos. Los materiales de estudio usados en ellos, han sido escritos por el propio pastor Llanes, y son de distribución gratuita.

Luz y Verdad cuenta con presencia en Internet, a través de una red de blogs, en los que aparecen escritos y recursos de edificación para los creyentes en general, y los líderes cristianos en particular.

El trabajo de edición corre a cargo de la hermana Alba Llanes, hija del pastor Llanes, la cual está radicada en California, Estados Unidos, y ha llevado hasta allí el ministerio Luz y Verdad.

La hermana Alba también aporta al ministerio, con sus escritos, sus conferencias, talleres y seminarios, así como con sus publicaciones personales por Internet.

Además de que el pastor Llanes es ministro ordenado de la Unión de las Asambleas de Dios, de Argentina, el Ministerio Internacional Luz y Verdad está avalado por COPLEM, el Consejo Pastoral de la ciudad de Puerto Madryn, provincia del Chubut, lugar donde tiene su sede actual.

Luz y Verdad mantiene la postura doctrinal propia de las Asambleas de Dios, en lo que atañe a los conceptos doctrinales fundamentales.

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El Ministerio Internacional Luz y Verdad y su servicio de publicaciones EDICI, están configurando una red de recursos propios que pone a disposición de los ministros y de los hermanos, con el propósito de edificarlos en las diferentes áreas del quehacer cristiano.

Se trata de la Red de Blogs Luz y Verdad. En ellos, usted encontrará estudios de carácter doctrinal, bíblico y ministerial, artículos sobre historia de la Iglesia, actualidad eclesial y secular, orientaciones didácticas y pedagógicas, y mucho más.

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